Salas
Crítica de “Nuremberg, el juicio del siglo”: Russell Crowe en un drama judicial que nunca despega
La película escrita y dirigida por James Vanderbilt no termina de decidir si se basa en la relación entre los personajes del libro El Nazi y el psiquiatra, en el que los sucesos están libremente inspirados, o en los acontecimientos que derivaron en el famoso juicio a los jerarcas nazis. Nuremberg, el juicio del siglo (Nuremberg, 2025) deambula entre ambas intenciones sin decidirse por ninguna.
Los personajes centrales existieron. Herman Göring (Russell Crowe), el número dos del Führer y el nazi más importante luego de que Hitler fuera dado por muerto. Condenar a Göring es la clave del juicio realizado en 1946 por las cuatro naciones victoriosas de la Segunda Guerra, y que haría caer por efecto dominó a todo el poder nacionalsocialista restante. El juez Robert Jackson (Michael Shannon) es quien oficia como fiscal de la causa, y el psiquiatra Douglas Kelley (Rami Malek), el joven doctor encargado de evaluar la salud mental del detenido.
Douglas Kelley es presentado haciendo trucos de cartas en un tren. Más adelante hará desaparecer y aparecer una moneda de plata. Sus actos de magia hablan del personaje: alguien siempre con un as bajo la manga y con un doble rol en sus conversaciones con Göring. Por un lado dialoga con él y llega a ganarse el mote de “amigo” por parte del alemán; por el otro, debe extraerle información vital para el juicio a pedido del juez Jackson. Lo más interesante del caso es que, a partir de esas charlas, Kelley descubre que Göring no sólo es un gran manipulador —en parte como él—, sino también un ser humano como cualquiera. Quizás este sea el punto de mayor interés de la película que, desgraciadamente, nunca llega a desarrollarse del todo. La mente de un nazi no es muy diferente a la de cualquiera de nosotros, dirá.
Pero, claro, la tentación de la película de hacer una suerte de remake del film de 1961, dirigido por Stanley Kramer y protagonizado por Burt Lancaster, Spencer Tracy, Maximilian Schell y Montgomery Clift, es absoluta. Y, sin serlo específicamente —porque si bien retrata el juicio, la historia y los personajes son otros—, recurre a todos los vericuetos legales para enjuiciar a los nazis. Y ahí aparecen dos problemas: por un lado, el juicio tarda demasiado en arrancar (recién pasada la mitad de la película, que dura dos horas y media); por otro, el proceso para llevarlo a cabo es descrito con poca agilidad y frescura, lo que vuelve tedioso el relato hasta ese momento.
Basta ver, por contraste, la exitosa Argentina, 1985 (2022) para notar la diferencia: la manera en que la película argentina combina la descripción del proceso legal, la presentación de los personajes y la conexión con elementos verídicos da como resultado un potente cine clásico, por más didáctico que sea.
Nuremberg, el juicio del siglo no pasará a la historia, por más buenas intenciones que tenga. La enorme —en todo sentido— actuación de Russell Crowe, tal vez la mejor de su carrera, quedará como una anécdota, del mismo modo que los comentarios de advertencia contra el resurgimiento del odio del verdadero Douglas Kelley.