2026-03-24

Salas

Crítica de “Un susurro invocó mi nombre”: paisaje, rito y persistencia de lo no dicho

Un susurro invocó mi nombre (2026), de la argentina Emilia Cotella y el estadounidense John Mathis, se inscribe en una zona donde el terror se construye menos desde el sobresalto que desde la persistencia de una experiencia no resuelta. La película encuentra uno de sus núcleos en la configuración del espacio: las sierras cordobesas dejan de ser fondo para convertirse en un dispositivo que observa, contiene y condiciona. El paisaje no acompaña la acción; la delimita.

En ese marco, la narración se articula a partir del regreso al pueblo natal luego de una muerte que reactiva un pasado vinculado a rituales con ayahuasca. El relato se desplaza con mayor eficacia en el terreno de la sugerencia que en el de la explicación, lo que permite sostener una tensión que se filtra en los silencios, en la aparición de figuras apenas perceptibles y en la idea de que lo ocurrido no ha terminado de suceder.

Clara Kovacic, conocida por su recorrido dentro del género, sostiene el eje del film. Su interpretación trabaja sobre la naturalización del horror, sobre un cuerpo que ya no reacciona con sorpresa sino con desgaste. Esa construcción le otorga continuidad al tono incluso cuando el guion se abre en varias direcciones: la introspección, la mitología local y una dimensión colectiva que no siempre logra integrarse.

En términos formales, la película presenta una estructura sólida. La fotografía convierte el entorno en un territorio ambiguo, el diseño sonoro administra con precisión la relación entre lo latente y lo explícito, y los efectos prácticos aportan materialidad a las apariciones. Sin embargo, en el plano narrativo aparecen desajustes. La mitología que organiza el relato se mantiene en un nivel de indefinición que por momentos debilita la progresión dramática, y ciertos pasajes dependen más de la intuición que de una lógica interna consistente.

Los personajes secundarios funcionan como parte del clima más que como vectores dramáticos, y algunos diálogos interrumpen la organicidad de situaciones que requieren otra densidad. Aun así, el film evita el estancamiento y administra su duración con criterio, avanzando sin dilaciones hacia un cierre que deja una imagen de permanencia.

Un susurro invocó mi nombre prioriza la construcción atmosférica y la espera como forma narrativa. No siempre articula de manera equilibrada sus líneas de sentido, pero expone una búsqueda y una identidad visual que dialogan con un momento de expansión del terror argentino.

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