2026-03-18

Salas

Crítica de “La Grazia”: Paolo Sorrentino y la nostalgia del presidente de la República

Película de apertura en el Festival de Venecia, La Grazia (2025) tiene la particularidad de ser uno de los filmes más moderados de Paolo Sorrentino. Incluso con sus momentos fantásticos, no alcanza los niveles surrealistas ni grotescos de otras producciones del realizador italiano.

Tal vez el motivo sea su protagonista: un presidente que transita sus últimos seis meses en el cargo de mayor responsabilidad civil de su país y que añora su vida ordinaria. El solitario personaje deambula por el palacio de gobierno esquivando firmar la ley de eutanasia que impulsa su hija —y mano derecha—, así como un par de indultos a asesinos por crímenes pasionales. La belleza de la duda, como se menciona en el film, es el paréntesis necesario y reflexivo al que este hombre hará honor.

Toni Servillo (Mejor Actor en el Festival de Venecia por este papel) interpreta a Mariano De Santis, un hombre que busca la verdad, alguien que parece haber quedado fuera de su tiempo. Un presidente abrazado a las leyes —con pasado de jurista—, moderado y conservador. Tibio en términos contemporáneos, sobre todo si se lo compara con mandatarios mundiales lanzados a los excesos de todo tipo. Sin embargo, el pueblo le agradece su cordura, su coherencia y su mesura.

Quien busque en el personaje ficticio de Mariano De Santis una sátira directa de la política actual no la encontrará, al menos no de manera lineal. Sorrentino elabora el retrato de un presidente más cercano a sus dilemas de autor que a los avatares del mundo contemporáneo. El personaje de Servillo es un hombre en el ocaso de su vida y de su poder, que mira hacia atrás con melancolía: recuerda a su esposa Aurora, fallecida, a quien sigue amando; disfruta del cigarrillo que fuma a escondidas con su guardaespaldas en las afueras del palacio presidencial; y habita una soledad profunda. Siempre reflexionando sobre la pasión perdida y mirando de reojo la frivolidad contemporánea.

En ese punto, la ley de eutanasia que duda en aprobar no es una casualidad. “Si la apruebo soy un asesino, si no, un torturador”, se lamenta. Pero también esa idea de poner fin a la agonía que propone la eutanasia se refleja en su propio hartazgo frente a las responsabilidades presidenciales. Aceptar el final y poner un límite al dolor se convierte para él en una forma de comprender la vejez y su relación con el pasado perdido.

La Grazia es una película contemplativa, como otras del realizador italiano, aunque quizás lo sea un poco más. En parte por su protagonista, por lo que representa —un líder demócrata, humanista y católico—, y también por su vínculo con una realidad que hoy parece lejana. Los pocos momentos poéticos (Aurora caminando entre las brumas, el astronauta cuyas lágrimas se suspenden en el aire ante la falta de gravedad) poseen una belleza absoluta: una pequeña pincelada de Sorrentino para retratar la angustia y la soledad de su peculiar mandatario.

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