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Crítica de "Jurassic World: Renace": Carisma reciclado y fórmulas gastadas
El mayor logro de Jurassic World: Renace (Jurassic World: Rebirth, 2025) es evidenciar que incluso una franquicia exhausta puede renovarse a través de rostros carismáticos que disimulan su falta de ideas. Scarlett Johansson y Jonathan Bailey asumen el relevo de Chris Pratt con una química efectiva y un magnetismo que, por momentos, hacen olvidar la previsibilidad del guion. Sin embargo, ni su presencia ni la habilidad visual de Gareth Edwards (Rogue One, Godzilla) logran resolver el problema estructural: la saga lleva años repitiendo la misma fórmula con recursos cada vez más pobres.
La premisa, escrita por David Koepp —guionista de la original Jurassic Park—, se sostiene con la fragilidad de una incubadora de velocirraptores. En un contexto donde los dinosaurios están al borde de la extinción debido al cambio climático, una farmacéutica recluta a Zora (Johansson), una mercenaria con principios, y a Henry (Bailey), un paleontólogo con aires de intelectual pop, para obtener muestras de sangre de criaturas prehistóricas en una isla remota. El objetivo declarado: hallar una cura para enfermedades cardíacas. El real: justificar dos horas de persecuciones y mandíbulas abiertas.
Edwards emula con precisión el lenguaje visual de Spielberg con planos horizontales que remiten a Tiburón, secuencias con niños en riesgo —esta vez, una familia atrapada en un velero— y acción coreografiada con ritmo. Sin embargo, la película tropieza con el mismo obstáculo que sus antecesoras: los dinosaurios ya no generan asombro. En una escena temprana, un herbívoro detiene el tráfico en Nueva York y los conductores apenas se inmutan. La imagen opera como metáfora involuntaria de la franquicia: lo que alguna vez fue majestuoso, hoy es parte del paisaje.
Bailey compone un personaje que remite a la impronta de Indiana Jones, mientras consume pastillas de menta y lanza frases de advertencia. Johansson, aunque sólida, interpreta a una mercenaria “ética” que parece ser consciente del absurdo del rol. Ambos logran sostener escenas que, de otro modo, se desmoronarían, como aquellas en las que interviene la familia Delgado, cuyas decisiones narrativas evocan lo peor de Jurassic Park III.
Los nuevos ejemplares prehistóricos —como el Distortus rex o el Mutadon— son tan genéricos como sus nombres. El punto más alto visual llega con un plesiosaurio atacando un barco, aunque el impacto se diluye por la falta de tensión narrativa. Incluso el uso de la música de John Williams, aplicado con estrategia nostálgica, funciona más como recordatorio de un esplendor perdido que como refuerzo emocional.
Jurassic World: Renace no es el punto más bajo de la saga —ese lugar sigue siendo de Jurassic Park III—, pero sí el más transparente en su formulación: personajes carismáticos + dinosaurios + corporaciones sin escrúpulos = éxito de taquilla. Como entretenimiento superficial, cumple. Pero tras siete entregas, la pregunta ya no es si la vida encontrará un camino, sino si el público seguirá dispuesto a pagar por seguirlo.