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Crítica de "Salvador": acción y ultraderecha sin pausa
En Salvador (2026), creada por Aitor Gabilondo y dirigida por Daniel Calparsoro, Madrid se presenta desde el inicio como un escenario atravesado por la violencia y la tensión social. En ese contexto se mueve Salvador, un paramédico que recorre la ciudad en ambulancia mientras carga con un pasado marcado por el alcoholismo y la ludopatía.
Ese desequilibrio se profundiza cuando la muerte de su hija Milena, vinculada al grupo neonazi White Souls, irrumpe como punto de quiebre. A partir de entonces, la búsqueda de los responsables no solo impulsa la trama sino que redefine el sentido del relato: lo que comienza como un drama íntimo se transforma en una indagación sobre cómo el odio se infiltra en los vínculos familiares y encuentra terreno fértil en la esfera institucional.
En coherencia con esa escalada, Calparsoro apuesta por una puesta en escena basada en el movimiento constante. Las cámaras avanzan sin pausa, las persecuciones y los enfrentamientos se encadenan, y el montaje impone un ritmo que apenas concede respiro. De este modo, la acción no es un complemento sino el eje que organiza la narración. Sin embargo, esa intensidad sostenida termina por desplazar en varios tramos la lógica interna del guion.
Por eso, aunque los conflictos ideológicos —la radicalización juvenil, la connivencia policial, la expansión de discursos identitarios— están presentes, rara vez alcanzan un desarrollo profundo. White Souls funciona como antagonista compacto, más cercano a una figura emblemática del neofascismo que a un entramado social complejo. En lugar de detenerse en las condiciones económicas o culturales que explican ese resurgir, la serie opta por avanzar hacia la siguiente confrontación.
No obstante, dentro de ese esquema de personajes delineados con trazo firme, los roles femeninos introducen matices que complejizan el panorama. Julia, interpretada por Claudia Salas, encarna la tensión entre pertenencia y duda, y su recorrido abre fisuras en la lógica cerrada del grupo. Asimismo, la figura que compone Leonor Watling evita la caricatura y articula un discurso reconocible en el presente político. En esos momentos, el relato se desplaza hacia una zona más incómoda.
Salvador puede leerse como un thriller urbano sostenido por la intensidad y por la presencia de Luis Tosar, pero también como un intento de dialogar con la polarización contemporánea. Si bien su apuesta por la adrenalina le otorga eficacia narrativa, esa misma decisión limita la profundidad de su comentario social. En el cruce entre velocidad y lectura política, la serie encuentra su identidad y, al mismo tiempo, exhibe sus tensiones.