Salas
Crítica de "Aún es de noche en Caracas": violencia, memoria y mirada única
La muerte de Aurora funciona como disparador de un recorrido que combina duelo, encierro y resistencia cotidiana. Su hija Adelaida, lista para abandonar el país, queda atrapada en Caracas y debe refugiarse en una ciudad que avanza hacia un desorden creciente. Ese es el punto de partida del film dirigido por la venezolana Mariana Rondón y la peruana Marité Ugás, una coproducción que se apoya en el clima social de 2017 y en la novela La hija de la española, de Karina Sainz Borgo.
El inicio, con un plano cenital sobre una multitud movilizada y una figura solitaria que observa desde lejos, instala el doble registro del film: la dimensión urbana convulsionada y la intimidad de quien carga un duelo en medio de la crisis. Cuando otra mujer se acerca y ambas comparten un breve diálogo, se activa la relación entre presente y pasado que ordena la estructura narrativa.
De allí en adelante, la película avanza en secuencias cortas y paralelas que alternan la Caracas en ebullición con los recuerdos de la infancia de la protagonista. Adelaida —interpretada por Natalia Reyes— es el eje que define el punto de vista. La cámara, los silencios y las asociaciones visuales responden a su percepción, reforzando la lectura del colapso social desde un registro íntimo.
La fidelidad a la obra de Sainz Borgo parece guiar la construcción de este enfoque unívoco. La película se concentra en la vulnerabilidad de Adelaida: su orfandad, la necesidad de huir, la imposibilidad de hacerlo y el peso de una ciudad que la despoja incluso de su identidad. En ese terreno se inserta Santiago, figura ambigua que introduce tensiones y un momento de liberación corporal que funciona como válvula dramática.
La reconstrucción de la Caracas de 2017, sin apoyos documentales visibles, refuerza la verosimilitud del contexto. Sin embargo, la propuesta exige una entrega total del espectador: se asume el caos como condición de época, pero sin explicar sus causas ni proponer preguntas sobre el conflicto que lo origina.
El film no describe la raíz del estallido social ni las disputas que lo alimentan. La deriva de Adelaida opera como brújula emocional, pero la ausencia de perspectiva política abre un vacío que cada espectador completará según sus propias lecturas, creencias o experiencias mediáticas. La verdad, sugiere el subtexto, es múltiple y fragmentaria, pero la película elige narrarla exclusivamente desde el impacto en un cuerpo individual.
Esa decisión es coherente con su diseño narrativo, aunque limita el debate que podría surgir de la adaptación. Aún es de noche en Caracas (2025) se sostiene en la potencia de su mirada subjetiva, pero deja abiertas preguntas centrales sobre el contexto histórico que la rodea.