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Crítica de "Día de los enamorados": Enamorándome otra vez
El 14 de febrero se celebra el Día de los Enamorados en gran parte del mundo y, bajo esa premisa, surge la pregunta: ¿por qué no hacer una película sobre esa fecha que reúne, al menos simbólicamente, a todos los enamorados de Los Ángeles? A partir de esa idea, el director de Mujer bonita propone un film coral en el que distintas historias de amor y desamor se cruzan en algún punto del relato. El nexo narrativo será una florería y las entregas realizadas durante esa jornada.
Un análisis exhaustivo de Día de los enamorados implicaría una marcación reiterada de sus fallas, ejercicio que resulta innecesario. Todo aquello que en el cine suele ser obvio o previsible aparece de forma constante. No hay sorpresa ni desvíos: cada situación se construye desde un mecanismo reconocible y, en muchos casos, forzado. También podría señalarse la sobreactuación, su concepción como producto abiertamente comercial —tan programado como la fecha que lo inspira— y la acumulación de clichés narrativos, actorales y musicales.
Sin embargo, lo relevante es que todo esto es deliberado. La película no aspira a otra cosa que ofrecer un entretenimiento pasajero, un paréntesis amable antes de que la vida continúe una vez terminada la función. En ese sentido, cumple con su objetivo.
El llamado “dream team” de estrellas es uno de los principales atractivos del film. Julia Roberts, Jessica Alba, Jessica Biel, Jennifer Garner, Shirley MacLaine, Anne Hathaway, Ashton Kutcher, Taylor Lautner, Emma Roberts, Héctor Elizondo, Patrick Dempsey, Jamie Foxx, Queen Latifah, Carter Jenkins, Kathy Bates, George López y Taylor Swift integran un elenco amplio que cualquier director desearía reunir. Cada uno aporta lo que su rol y sus posibilidades interpretativas permiten dentro de un esquema que prioriza la acumulación de presencias antes que el desarrollo dramático.
Quien llegue hasta el final de esta crítica podría preguntarse el motivo de su calificación, si la mayor parte de las observaciones parecen negativas. La respuesta es simple: pese a todo, la experiencia no resulta ingrata. La película funciona porque cumple lo que promete: durante un rato, invita a creer que el amor existe, aun cuando la realidad, al salir del cine, se encargue de ponerlo en duda. O no.