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Crítica de "Rondallas": comunidad, música y duelo en la costa gallega
En la costa gallega, donde el mar estructura la vida cotidiana y también la pérdida, Rondallas (2025) propone una historia apoyada en un gesto mínimo: la decisión de un grupo de vecinos de reactivar la rondalla del pueblo luego de años de silencio. El punto de partida remite a una tradición musical propia de Pontevedra y a un duelo colectivo que dejó marcas tras un naufragio.
Sánchez Arévalo construye el relato desde una lógica coral. No hay giros ni artificios: la narración avanza a partir de vínculos, ensayos, encuentros y fricciones. El grupo funciona como protagonista y desplaza cualquier tentación de centralidad individual. Javier Gutiérrez impulsa la iniciativa sin absorber el relato; María Vázquez trabaja una viudez sostenida en el silencio; Carlos Blanco encarna las secuelas físicas y psíquicas del accidente; Tamar Novas introduce una línea de distensión; mientras que Judith Fernández y Fernando Fraga representan la incertidumbre generacional.
La música no aparece como elemento ornamental. Es método, práctica y lenguaje compartido. Los ensayos y la competencia se filman como procesos: repetición, error, escucha. Allí se ordena lo que el duelo había desarticulado. La cámara acompaña sin enfatizar y la fotografía de Rafa García se apoya en una paleta fría, con una luz filtrada que evita el registro turístico y sostiene una materialidad concreta.
En ese marco, Rondallas se inscribe en el territorio del llamado “cine de bienestar”, pero desde una perspectiva contenida. No hay promesas de reparación total ni resoluciones enfáticas. La película propone otra cosa: la posibilidad de seguir a partir de un hacer común. En tiempos de relatos fragmentados, el film recupera la dimensión colectiva como práctica cotidiana, sin idealización ni consigna.