Hasta el domingo 30 en Paraná
Paraná, ciudad de espectadores: crónica de una noche en la que no alcanzaron las butacas del FICER
¿Qué impulsa a una ciudad a moverse así un miércoles cualquiera? ¿Qué fuerza íntima hace que un padre que vuelve cansado del trabajo salga otra vez, que una estudiante suspenda una entrega, que un abuelo se tome dos colectivos, que una pareja joven llegue con sus hijos?
Paraná parecía responder sola: la necesidad de verse en otros; de que el cine devuelva una imagen más nítida de lo que somos.
Hay noches en que una ciudad parece mirarse a sí misma. Calles que de pronto recuerdan su respiración, veredas que reconocen el ritmo de las suelas, esquinas que recuperan un fulgor antiguo, casi premoderno: el del ritual colectivo. Este miércoles, Paraná tuvo esa clase de revelación. No hubo milagro -o quizá sí-, pero bastó que las puertas del Centro Provincial de Convenciones se abrieran para que el aire cambiara de densidad.
Una multitud -no una palabra al azar: una multitud verdadera- avanzó como una marea luminosa hacia las salas donde se proyectaban Emboscada de Mauro Bedendo; La virgen de la tosquera de Laura Casabé y Mente maestra de Kelly Reichardt.
Nunca un miércoles tuvo tanta gente abandonando la comodidad de sus casas para entregarse al resplandor de la pantalla. “Lo que está pasando estos días es increíble. Ver la cantidad de gente que llega un miércoles, después de trabajar, después de hacer su vida… es emocionante”, dice a Escribiendo Cine Eduardo Crespo, director artístico del FICER, con una mezcla de desvelo y orgullo.
El aire olía a humedad, a jazmín escapado de algún balcón cercano y a pochoclo tímido, porque no era una noche cualquiera: era una noche con intención. Los autos estacionados en doble fila parecían saberlo. Las motos alineadas como peces metálicos también. Desde la calle San Martín, el murmullo llegaba primero como un rumor de río -ancho, imparable- y luego como un golpe de presencia: cientos de personas enfilando hacia el CPC y la Usina, otras tantas hacia el Cine Las Tipas.
Cada sala estaba saturada de ese movimiento masivo de público que buscaba su lugar, que se acomodaba, que respiraba al unísono, que esperaba mientras el humo del asador de Lorena perfumaba la noche.
Ese temblor previo a que la luz se apague, el poeta entrerriano Juan L. Ortíz lo hubiera descrito “como una ciudad que de pronto se mira en un espejo oscuro para ver qué sueños le pertenecen”.
Crespo piensa que “el festival está convocando más allá del cine. Hay algo del encuentro, del deseo de comunidad, que nos desborda”.
Emboscada: el desborde
Desde las 20 horas ya había gente haciendo cola para Emboscada que estaba programada para las 22. Con mate o una botellita de agua -porque aún se hacía sentir el calor- esperaban por el largometraje de Mauro Bedendo, que se transformó en un imán desobediente. Se ocuparon ochocientas (800) butacas en cuestión de minutos, y, más allá, unas doscientas (200) personas más esperando un milagro: una silla extra, una alfombra, un rincón desde el cual ver, aunque fuera inclinados, los gestos de Osvaldo Laport y Roly Serrano en la pantalla. El equipo técnico, los asistentes, los voluntarios improvisaron una geometría posible: sillas plegables, butacas móviles, pasillos habilitados, un orden frágil para contener lo incontenible.
“Quiero ver a mi sobrina que actúa en la película”, decía una señora que clamaba por una entrada. “Vine a verla porque está lleno de actores y actrices de Entre Ríos. No me la iba a perder”, dice Marcelo que ya tenía su entrada asegurada.
Adentro, la gente respiraba como si la película fuera un animal vivo y la sala un bosque. Afuera, el rumor persistía: cuerpos que no se resignaban a la intemperie, como si formar parte del festival -aunque fuera desde la puerta- justificara el frío o el cansancio del día.
Crespo, otra vez, veía en esa avalancha una señal: “nunca imaginé algo así. Es como si Paraná hubiese decidido que el cine era el lugar donde tenía que estar hoy”.
Las otras salas: peregrinación y promesa
La programación del miércoles tenía un pulso propio. En Las Tipas, La virgen de la tosquera, de Laura Casabé, encendía sus rituales oscuros ante una audiencia que no pestañeaba. Había cierta tensión subterránea que solo el terror fantástico sabe convocar. Una mujer de traje sastre, impecable, salió al pasillo durante un minuto, respiró hondo y volvió a entrar como si regresara a un sueño del que no quería despertarse.
En el La Usina, la proyección de Mente maestra, de Kelly Reichardt atrajo a estudiantes de arte, profesores jubilados, jóvenes con mochilas manchadas de témpera, parejas que parecían debatir con los ojos. La obra de Reichardt, seca y luminosa a la vez, dejó a muchos en silencio cuando las luces volvieron: un silencio fértil, como tierra recién removida.
Los pasillos olían a lluvia próxima y a ansiedad; las escaleras, a ese tránsito acelerado de quien teme quedarse afuera de algo importante. La gente hablaba en voz baja, como si estuviera dentro de una iglesia. Y quizá lo estaba: una iglesia laica donde se celebra la ceremonia más antigua del mundo moderno, la de mirar la oscuridad hasta que aparezca una historia.
“Es emocionante ver que el público deja todo y viene. Es un gesto de amor al cine y también a la ciudad”, decía Crespo mientras una fila interminable copaba el Patio Gastronómico.
Cuando las últimas funciones terminaron, cerca de la medianoche, la ciudad seguía despierta. Las motos encendían sus motores como si fueran luciérnagas cansadas; los autos se alejaban con ventanillas bajas; los grupos seguían conversando en las veredas, en los puestos de comida del Patio Gastronómico que quedaban abiertos, en la costanera donde el viento traía olor a río.
A esa hora, ya no importaban los números -aunque fueran inolvidables: 800 adentro, 200 afuera-. Lo que importaba era la sensación de haber asistido a algo irrepetible, un miércoles que se volvió un lugar en la memoria. Paraná salió de sus casas para encontrarse en una pantalla.
Y, en ese gesto, volvió a reconocerse en un festival llamado FICER.