2025-11-21

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Crítica de "Nada es lo que parece": Ahora son cuatro

El primer acto presenta a cuatro ilusionistas: Atlas, prestidigitador (Jesse Eisenberg); McKinney, mentalista (Woody Harrelson); Henley, escapista (Isla Fisher); y Jack, estafador (Dave Franco). Cada uno es convocado por separado a un departamento abandonado, donde un holograma los recibe con un plano que parece anticipar algo mayor. Un año después, los “Cuatro Jinetes” debutan en Las Vegas con un número en el que teletransportan tres millones de euros desde una bóveda en París para repartirlos entre el público. El truco, más que espectáculo, es un manifiesto.

La investigación del caso queda en manos del agente del FBI Rhodes (Mark Ruffalo), escéptico por convicción. Los Jinetes son interrogados y Eisenberg, fiel a su estilo, responde con una insolencia que roza la autoparodia del propio actor. Finalmente son liberados: detenerlos implicaría admitir que la magia existe, algo que para el FBI parece más embarazoso que el robo transnacional que acaban de presenciar. La decisión no resiste un análisis lógico —son los principales sospechosos de un delito federal y aún así quedan libres—, pero el relato necesita que la trama avance.

Rhodes recurre entonces a Bradley (Morgan Freeman), especialista en desmontar trucos, para que le explique de qué manera podría haberse realizado el golpe. Bradley lo hace en cuestión de minutos, con la serenidad habitual de Freeman. Surgen entonces varias preguntas: ¿por qué no se buscó una explicación antes de liberar a los sospechosos? ¿Por qué no se los vuelve a detener cuando queda claro que, improbable o no, el truco tiene una mecánica posible? Nuevamente, la narración prefiere sostener el artificio.

La investigación continúa, ahora con la participación de la agente de Interpol Dray (Mélanie Laurent), cuya afinidad con la magia funciona como contrapunto de la incredulidad de Rhodes. Entre ambos se construye un juego entre fe y razón que intenta sostener el núcleo dramático de la película, aunque su resolución final termina por volver irrelevante ese contrapunto. Hay un amague de romance, más por mandato genérico que por necesidad interna; un recurso para mantener en movimiento a la dupla.

En un punto, la película se revela como un relato centrado en estos dos agentes más que en los propios Jinetes. Y ahí aparece una pérdida: los cuatro ilusionistas están delineados con precisión en sus primeras escenas, donde se combinan sus habilidades y una cuota de humor. Una versión de la historia contada desde su perspectiva no sería necesariamente más compleja, pero sí tendría un pulso distinto y, probablemente, más cercano al espíritu del género. Una vez que la investigación toma el control, los Jinetes quedan relegados al escenario y nunca vemos el detrás de escena, que es una de las claves de cualquier historia de robos.

Sobre sus motivaciones no sabemos demasiado hasta el desenlace, que incorpora un giro final seguido de otro, apostando a un doble truco que opera como mecanismo de distracción. La revelación funciona como clausura, pero también como recordatorio de que la película se propone engañar al espectador con la misma lógica que los ilusionistas emplean para confundir a sus víctimas.

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