Gaumont
Crítica de "Oca": Karla Badillo y una road movie que cuestiona la fe
La ópera de Karla Badillo se mueve en un territorio donde el viaje físico abre preguntas sobre fe, jerarquías religiosas y la necesidad de interpretar aquello que no se explica con claridad.
Oca (2025) sigue a Rafaela —interpretada por Natalia Solián—, una joven monja de una congregación en decadencia que experimenta ensoñaciones cumplidas y una visión recurrente que no logra descifrar. Ante la precariedad del convento, es enviada a San Vicente para encontrar al nuevo arzobispo y exponerle la situación. Ese encargo deriva en un recorrido por rutas y pueblos donde encuentros inesperados la acercan o la alejan de su objetivo.
El desplazamiento convierte la historia en una road movie atravesada por lo onírico. Rafaela busca comprender el origen de sus visiones, si responden a una señal divina o a una percepción que escapa al marco religioso que habita.
Desde lo formal, Badillo acompaña el viaje con una puesta que integra paisaje y subjetividad. Los espacios abiertos funcionan como prolongación del estado mental de la protagonista, mientras el montaje alterna el trayecto lineal con irrupciones de imágenes que operan como parte del relato.
Oca registra un movimiento exterior e interior: Rafaela enfrenta la fragilidad de sus creencias, el peso de la institución y las señales del camino. No alcanza una revelación concluyente, sino una comprensión que se construye paso a paso.
En ese tránsito, Badillo observa a una mujer que atraviesa la incertidumbre y convierte el sueño en motor narrativo, un impulso que orienta su búsqueda más allá de las respuestas formales de la Iglesia.