2025-11-12

Salas

Crítica de “Vieja loca”: el duelo bajo la tormenta entre Carmen Maura y Daniel Hendler

Bajo la lluvia incesante que azota una casa aislada, Vieja loca (2025) construye su atmósfera de encierro. La película, dirigida por el argentino Martín Mauregui y producida por Juan Antonio Bayona, sigue a Pedro (Daniel Hendler), un hombre que acepta cuidar por una noche a Alicia (Carmen Maura), ante la preocupación de su hija Laura. Lo que comienza como un favor se convierte en una noche de preguntas, castigos y revelaciones.

La acción transcurre casi por completo en el salón de la casa. Allí, los dos personajes sostienen un duelo verbal que deriva en una lucha psicológica. La iluminación tenue y el sonido constante de la lluvia refuerzan el clima opresivo que sostiene la tensión inicial. En ese espacio reducido, las interpretaciones se vuelven el eje del relato. Carmen Maura despliega una Alicia entre la fragilidad y la manipulación, mientras Hendler encarna a un hombre atrapado entre la culpa y el desconcierto.

El punto de partida es atractivo: un juego de preguntas donde las respuestas incorrectas se pagan con mutilaciones. Este planteo, sin embargo, encuentra límites a medida que avanza la trama. El enfrentamiento se repite en distintas formas, sin expandir del todo las implicancias morales ni simbólicas del vínculo entre ambos.

Uno de los aciertos del film reside en su registro visual. La cámara enfatiza el encierro a través de planos cerrados sobre los rostros de Maura y Hendler, acentuando la tensión entre generaciones. En algunos momentos, el relato se adentra en el territorio del delirio, con ensoñaciones que insinúan el pasado de Alicia y su deterioro, aunque sin profundizar del todo en ese universo interno.

El guion introduce breves destellos de humor que alivian la tensión sin quebrar el tono. Sin embargo, algunos subtextos —como la relación entre Pedro y Laura— quedan apenas delineados, restando espesor al conflicto principal.

El desenlace se resuelve con rapidez, dejando la sensación de una clausura apresurada. Vieja loca logra sostener la atención hasta el final, pero opta por una salida contenida que limita el impacto de su planteo.

Como ejercicio de estilo, la película confirma la capacidad de Mauregui para construir climas y dirigir actores, aunque su propuesta narrativa parece detenerse antes de alcanzar la intensidad que promete.

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