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Crítica de "Bird": El latido salvaje de la infancia según Andrea Arnold
Hay películas que no se miran: se habitan. Bird (2024), la nueva obra de Andrea Arnold, es una de ellas. No cuenta una historia en línea recta; más bien borda un tapiz de símbolos, texturas y silencios, donde cada plano respira como un organismo herido pero aún vivo. Ambientada en los márgenes grises del norte de Kent, Bird es una coming of age envuelta en fábula, donde la naturaleza observa –y juzga– a la humanidad.
En el corazón de este relato está Bailey (la revelación Nikiya Adams), una niña de doce años que sobrevive entre paredes agrietadas y adultos quebrados. Vive con su padre (Barry Keoghan) y su hermano (Jason Buda) en un edificio tomado, un territorio tan inhóspito como los campos desolados donde vagan gaviotas, cuervos, zorros y caballos. Animales que no solo son fauna: son espejos, presencias vigilantes, acaso guardianes silenciosos de su proceso de crecimiento.
Bailey no llora, no se queja: resiste. Cada acontecimiento –su primera menstruación, el desarraigo familiar, la promesa vacía del matrimonio de su padre– es una herida nueva que la empuja hacia la intemperie de la adolescencia. En Bird, crecer no es un rito de paso sino una sucesión de fracturas.
La aparición de Bird (Franz Rogowski) es un temblor en el paisaje. Un ser que irrumpe saltando en el campo donde Bailey ha pasado la noche, trayendo consigo una energía de otro mundo. Bird no es un salvador clásico: es un espíritu libre, casi un eco de la infancia que Bailey ha perdido demasiado pronto. Su encuentro no se construye en términos de salvación, sino como una complicidad animal, espontánea, donde las palabras sobran y el cuerpo habla.
Cuando Bird sonríe o ejecuta una pirueta torpe pero luminosa, el mundo de Bailey –tan duro, tan amurallado– se resquebraja apenas. Arnold capta ese instante con una ternura brutal, permitiendo que el espectador sienta, como un latido, la fugaz promesa de un hogar posible en el otro.
Bird es una película que flota entre el realismo sucio y la poesía de lo inacabado. Andrea Arnold construye una fábula moderna donde los márgenes no son solo geográficos, sino existenciales. La directora rehúye de todo sentimentalismo fácil: no embellece la miseria, pero tampoco la explota. Prefiere dejar que el viento, el graznido de un cuervo o el relincho de un caballo sean los verdaderos narradores de esta odisea mínima.
La naturaleza en Bird no es un decorado: es un personaje activo que observa, respira y marca el compás del relato. Así, el film transita de la oscuridad a la ternura con una naturalidad que emociona sin manipular.
Andrea Arnold firma una de sus obras más bellas, reafirmando su capacidad única para habitar lo marginal con una mirada que es a la vez compasiva y ferozmente lúcida.