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Crítica de “Lilo y Stitch”: Dean Fleischer Camp y un 'live action' para el recuerdo
Ambientada en Hawái, Lilo y Stitch (2025) sigue a Lilo (Maia Kealoha) y a su hermana mayor Nani (Sydney Agudong), quienes quedaron huérfanas tras un trágico accidente automovilístico. Un día, Lilo conoce y adopta a Stitch, un perro azul peculiar y travieso que resulta ser un alienígena fugitivo y un experimento de destrucción. Juntos, desarrollan un vínculo emocional profundo, integrando a Stitch a la familia. Sin embargo, la llegada de agentes de la galaxia, que buscan capturar a Stitch, pone en peligro la relación de las hermanas y la estabilidad de su hogar.
Previamente, Dean Fleischer Camp dirigió la aclamada película animada Marcel, el caracol con zapatos (Marcel the Shell with Shoes On, 2021), un film independiente que ya destacaba su particular estilo de dirección. La película original, Lilo y Stitch (2002), es una pieza con múltiples matices y complejidades en su trama intergaláctica, lo que la convierte en un desafío para una adaptación live action que pretenda mantener su esencia y encanto. En este sentido, la dirección de Fleischer Camp se convierte en una de las principales sorpresas del remake. Lejos de caer en lo genérico y comercial que a menudo se observa en este tipo de adaptaciones, Camp dota a esta historia hawaiana de un sorprendente realismo. No se apoya constantemente en los pasos del film de 2002 para complacer, sino que, con un estilo que remite al cine independiente —caracterizado por planos íntimos, silencios significativos y una dirección actoral más seria que evita lo caricaturesco—, construye su propia identidad de manera sutil, incorporando nuevos personajes, secuencias y conceptos.
El tono realista que el director establece se extiende a todos los elementos del guion. Esto se aprecia desde la adición de personajes nuevos para acompañar a Lilo y Nani, hasta la transformación de Pleakley (Billy Magnussen) y Jumba (Zach Galifianakis), quienes, en la versión original, son alienígenas que buscan a Stitch, y que aquí son humanizados para integrarse de forma más creíble en la narrativa realista que busca el director. La inclusión de personajes como la vecina Tatú (Amy Hill) y la trabajadora social Mrs. Kekoa (Tia Carrere) —quien asume el rol de Cobra Bubbles— sirve para desarrollar el lado más dramático de la trama: la angustia de Nani ante la posibilidad de que Lilo sea separada de ella por vivir en una casa descuidada. Este conflicto se desenvuelve de forma sutil, seria y sin caer en los clichés típicos de Disney. Por otro lado, la presencia de algunos personajes ya conocidos del film de 2002, como Cobra Bubbles (Courtney B. Vance), resulta menos efectiva y se siente más como una referencia forzada, ya que su participación se reduce a unas pocas apariciones como agente de la CIA.
A pesar de su rol casi protagónico, en ciertos momentos Stitch se siente como un alivio cómico en su propia película. La mayoría de sus apariciones están ligadas a travesuras para generar un ambiente humorístico, lo cual no siempre encaja debido a la potente cuota de drama familiar que predomina, impidiendo que la película se incline en exceso hacia el terreno de la comedia.
Dean Fleischer Camp ha logrado lo impensable con este remake de Lilo y Stitch: crear una película realista que propone algo novedoso dentro de lo ya conocido y las posibilidades del film original. El resultado es una versión que se siente como una extensión profunda de la película de 2002, manteniendo la esencia y el corazón que la caracterizaron.