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Crítica de "Mi amigo Enzo": Tan solo una vuelta más
Mi amigo Enzo (The Art of Racing in the Rain, 2019), dirigida por Simon Curtis y escrita por Mark Bomback, adapta la novela homónima de 2008 de Garth Stein. La historia sigue a Denny (Milo Ventimiglia), piloto de carreras, que adopta a Enzo, un perro cuya voz en off pertenece a Kevin Costner. Desde cachorro, Enzo se convierte en su compañero inseparable, testigo de los hitos más significativos de su vida: el matrimonio con Eve (Amanda Seyfried), el nacimiento de su hija Zöe (Ryan Kiera Armstrong) y las dificultades que marcarán su trayectoria personal y profesional.
La particularidad del relato radica en que está narrado desde la mirada del perro. Curtis consigue que el espectador se sumerja en esa perspectiva gracias a la voz de Costner, que otorga a Enzo un tono reflexivo y observador. El guion establece un paralelismo entre las técnicas de conducción en la pista y las estrategias necesarias para enfrentar los desafíos de la vida, generando un marco simbólico que trasciende el vínculo entre hombre y animal.
Las interpretaciones, especialmente la de Ventimiglia, logran transmitir cercanía sin recurrir a gestos excesivos. El guion evita caer en lo predecible y, en cambio, introduce giros que abren espacio a una reflexión sobre la condición humana y la relación con los animales. Con reminiscencias de Marley y yo (2008) y de la española Todo lo que tú quieras (2010) —por la fuerza del vínculo padre-hija—, la película ofrece una mirada que amplía la comprensión del mundo desde otro ángulo.
Aunque el cine ya ha explorado en numerosas ocasiones historias protagonizadas por perros, Mi amigo Enzo incorpora una dimensión distinta: no se limita a exaltar la lealtad animal, sino que propone un aprendizaje compartido, en el que las experiencias de Enzo revelan enseñanzas sobre el amor, la pérdida y la resiliencia.