2025-05-31

Gaumont

Crítica de "La orquesta y el silencio": Waldo de los Ríos entre el olvido programado y una verdad soterrada

Diego Fernán vuelve sobre una figura que la industria global prefirió encapsular en el exotismo del éxito discográfico. Elige, en cambio, interrogar las razones profundas que invisibilizaron a Waldo de los Ríos como compositor arraigado en las sonoridades del folclore argentino. Ese recorte, que a simple vista podría parecer un gesto de rescate biográfico, se convierte en la columna vertebral de La orquesta y el silencio (2024), un documental que se desmarca del relato celebratorio para abrir una zona de conflicto donde se entrecruzan música, exilio, sexualidad, industria cultural, y también política exterior.

La investigación no se limita a enumerar datos o consultar fuentes. Viaja. Explora. Contrasta. Se interna en Europa, donde la figura de Waldo adquirió un aura de genialidad pop por sus arreglos de Mozart y Beethoven. Pero esa versión, blindada por el mercado y sostenida por la industria, deja fuera las aristas más profundas del músico: su conexión con las raíces, su pulsión folclórica, su incomodidad con el encasillamiento, su incomprendida bisexualidad en un contexto histórico que la reprimía.

La orquesta y el silencio no busca respuestas unívocas. Encuentra en la pregunta su impulso narrativo. El realizador se enfrenta al dilema entre asumir una mirada eurocentrista, con la lógica del éxito medido en millones de copias vendidas, o ensayar una aproximación desde la identidad cultural latinoamericana, esa que suele quedar oculta tras las vitrinas del espectáculo global.

Los testimonios —de Raúl Lavié, Litto Nebbia, Marian Farías Gómez, Castiñeira de Dios y otros— actúan como capas sedimentadas de una memoria que resistió al silenciamiento. No hay reconstrucción sin subjetividad. No hay archivo sin omisión. No hay narrativa sin tensión entre lo que se muestra y lo que se omite. En ese movimiento, el documental se convierte en una herramienta crítica para pensar el modo en que se consagra —o se margina— a un artista.

La voz de Fernán aparece también en primera persona. No para afirmar, sino para revelar cómo el deseo de saber estuvo siempre motivado por una sensación de injusticia. Lo que se construye no es solo un retrato de Waldo de los Ríos, sino también una denuncia contra los dispositivos que jerarquizan, promueven y ocultan según las reglas del mercado. La exclusión de su obra más íntima no fue un accidente. Fue una decisión estratégica. Fue parte de un orden que privilegia ciertas narrativas mientras entierra otras.

El documental, al revivir esa dimensión desplazada, repara un corte y propone otra forma de pensar la cultura. Una cultura no supeditada a los algoritmos del éxito, sino como herramienta de interpretación, como insumo crítico y como derecho.

La muerte de Waldo de los Ríos, envuelta en teorías que van desde lo policial a lo esotérico, se suma a esa zona de ambigüedad que el film elige no cerrar. La sombra de su final, lejos de resolverse, funciona como un eco que atraviesa toda la obra: ¿qué hay detrás del olvido? ¿Cuánto pesan las decisiones geopolíticas en la circulación de los bienes simbólicos? ¿Quiénes construyen las genealogías culturales?

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