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Crítica de "Los secretos que ocultamos": el aditivo thriller danés que expone las grietas del privilegio
En los suburbios residenciales del norte de Copenhague, la desaparición de Ruby, una joven au pair filipina, altera la aparente calma de una comunidad regida por normas tácitas de poder, raza y estatus económico. Los secretos que ocultamos (Reservatet, 2025), miniserie danesa de seis episodios disponible en Netflix, utiliza el formato del thriller psicológico para revelar lo que el confort oculta.
El término “au pair” hace referencia a jóvenes extranjeras, usualmente mujeres, que viajan a otro país para cuidar niños y realizar tareas domésticas a cambio de alojamiento, comida y un estipendio básico. La figura, extendida en varios países europeos, se inscribe dentro de un sistema que, aunque legal, reproduce desigualdades estructurales muchas veces invisibilizadas. Esta dinámica es el núcleo temático de la serie.
Ruby desaparece y no deja rastro. Pero en su habitación quedan su ropa, el dinero que ahorraba y su pasaporte. El interés por su paradero no surge de la familia que la alojaba ni del aparato estatal, sino de Cecilie (Marie Bach Hansen), una vecina, y de Angel, su propia au pair filipina, quien comienza a indagar en los rumores que circulan entre otras trabajadoras del barrio.
El relato avanza con la llegada de Aicha, una investigadora que tampoco encuentra en la policía el respaldo esperado. Su alianza con Cecilie y Angel será decisiva para escarbar en una verdad que muchos prefieren mantener enterrada: el confort de unos se sostiene sobre la invisibilidad de otros.
La dirección de Per Fly evita sobrecargar al espectador con distracciones. Cada episodio (de entre 30 y 40 minutos) avanza con precisión, cerrando en cliffhangers que sostienen la tensión narrativa. La estética fría y minimalista potencia la incomodidad: bajo la perfección arquitectónica de las lujosas casas, se oculta una red de omisiones, silencios y pactos implícitos.
La construcción del personaje de Cecilie es uno de los aciertos de la serie. Su evolución funciona como espejo de una conciencia que se va despertando: del confort pasivo al involucramiento activo. Cuando la investigación apunta hacia su entorno más íntimo, su rol cambia: deja de ser testigo para asumir un papel dentro del conflicto.
Los secretos que ocultamos no es solo un thriller. Es también una reflexión sobre los límites de la empatía y sobre cómo las estructuras sociales perpetúan relaciones asimétricas. La serie logra insertar, con naturalidad, interrogantes sobre el privilegio, la racialización del trabajo doméstico y la responsabilidad individual frente a sistemas que benefician a algunos a costa de otros.
En esa tensión entre lo íntimo y lo estructural, entre el hogar y el crimen, radica la fuerza del relato. El guion evita los estereotipos fáciles y permite que cada personaje encarne una contradicción latente. Incluso los niños —cómplices involuntarios de un orden injusto— son parte de una maquinaria que reproduce jerarquías sin cuestionarlas.
El final no ofrece redención ni justicia plena. Más bien deja al descubierto lo que muchas veces se calla: que en las sociedades que se autoperciben igualitarias, la desigualdad no desaparece, simplemente se disfraza de normalidad.