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Crítica de "Longlegs: Coleccionista de almas": El terror psicológico se apodera de Nicolas Cage
Osgood Perkins escribe y dirige el thriller psicológico Longlegs: Coleccionista de almas (Longlegs, 2024), en el que la estructura del policial y la sugestión de lo sobrenatural conviven efectivamente para crear un estilizado relato de horror con la forma difusa y circular de una pesadilla.
La historia transcurre en los ‘90 y evoca a cierto tipo de thriller de aquella época sobre asesinos perturbados y motivos religiosos, aunque el devenir policial de la trama es lo de menos. Hay un asesino serial, “Longlegs” (Nicolas Cage), que lleva décadas acreditándose la brutal muerte de varias familias mediante cartas crípticas, y una joven agente del FBI, Harker (Maika Monroe), que parece tener un vínculo psíquico con el asesino.
La película construye minuciosamente el tono exacto para vender una premisa tan trillada, cargándola con una ominosa atmósfera que rápidamente enemista lo verosímil con lo racional. Partiendo del talante satánico de los crímenes y la simbología empleada por el asesino, la historia – así como la percibe su heroína, desde una perspectiva soslayada – se rinde como por arte de sugestión a la extraña lógica del villano. De todas las posibles inspiraciones, quizás la más hermanada a la visión del director sea The Exorcist III (1990).
Perkins visita de nuevo las inquietudes que lo han atormentado a lo largo de su filmografía: la ambigua relación entre pasado y presente, el fracaso de una perspectiva unificadora, los pactos endemoniados, el poder de la sugestión, la naturaleza cíclica del mal. Nunca opera desde el cliché o la convención. Hay ideas más fuertes y mejor definidas guiando el desarrollo de sus historias.
“Longlegs” aparece tarde y no por mucho tiempo en la película que lleva su nombre; sin embargo con poco y nada Cage compone memorablemente al personaje central de la obra. Es un ser elusivo y físicamente espantoso, pero lo que lo vuelve aún más aterrador es cuan plausible y relativamente mundano resulta el ‘teatro’ de sus delirios satánicos. Su extraña presencia contamina y domina el resto de la película, filmada en planos lentos y prolongados que le restan control a Harker: la cámara la recibe, la aísla, la ignora, se distrae, esconde, anticipa, engaña.
En el papel de Harker, Monroe posee necesariamente un perfil más bajo y probablemente no sea tan celebrada como su co-estrella, pero su constitución herida y aterrada son igual de cruciales al tenor siniestro de la historia. Otros personajes importantes a la trama: su flemático jefe, Carter (Blair Underwood) y su religiosa madre, Ruth (Alicia Witt), ambos negando o ignorando el apoyo emocional que Harker necesita urgentemente.
Una versión más genérica y menos interesante de Longlegs tendría un final más prolijo y menos abrupto, donde se explica todo, se atan todos los cabos sueltos y felicita al espectador por haber participado. Resolvería satisfactoriamente la mitad policial y la mitad sobrenatural de la historia, sin que una termine sobrellevando a la otra. Perkins elige algo más incómodo y memorable.