Salas
Crítica de “Bagman: El espíritu del mal”: Sam Claflin y otra película de terror genérica, pero efectiva
Hay películas que sorprenden, otras que decepcionan, y luego están las que, como Bagman: El espíritu del mal (Bagman, 2024), simplemente cumplen. En un género como el terror, donde a menudo reina la mediocridad disfrazada de innovación, encontrar una producción que maneje bien sus recursos básicos ya es un mérito considerable. Y sí, Bagman: El espíritu del mal lo logra… aunque con algunos tropiezos.
Sam Claflin da vida a Patrick, un hombre que se ve obligado a confrontar una aterradora figura de su pasado: el temible “Hombre de la bolsa”. Sin embargo, esta vez el peligro no se limita a él, ya que la criatura también amenaza a su esposa y a su hijo pequeño, desencadenando una angustiante batalla por proteger a su familia y preservar su propia cordura.
La escena inicial deja una impresión ambivalente. Es explicativa, quizá más de lo necesario, pero ¿acaso no es este el mal necesario del terror contemporáneo? Presentar personajes, construir la premisa y lanzar una idea central que enganche. Aquí funciona, aunque sin brillar. Lo que realmente sorprende es la dirección de Colm McCarthy: cuidada, clara y con un manejo de la tensión que se cocina a fuego lento desde los primeros minutos.
El flashback a la infancia del protagonista es otro acierto. Tiene un aire nostálgico que recuerda a It (Eso) (It, 2017), aunque sin alcanzar la misma carga emocional. La mina abandonada, la guarida del Bagman y la escena del mechón de cabello son ejemplos de terror crudo y efectivo. La secuencia en el bosque, con esos muñecos deformes que evocan niños muertos, muestra cómo Bagman: El espíritu del mal juega bien sus cartas: construye incomodidad y tensión. Se sabe que algo va a suceder, se intuye, pero la película te tortura con la espera. ¿Predecible? Quizá. ¿Efectivo? Sin duda.
Sam Claflin cumple en su papel de un padre consumido por la culpa y el miedo. Su actuación no es sobresaliente, pero es adecuada para el tono de la película. Antonia Thomas, en cambio, no logra convencer del todo. Su interpretación se siente forzada, casi ajena a la atmósfera. El resto del elenco es funcional, lo cual es lo esperable en una película de este estilo.
La trama comienza con fuerza, pero pierde algo de impacto al introducir los tótems y la “mitología heredada”. La explicación del Bagman a través del abuelo tiene su encanto, pero cae en lo básico. Recuerda a esas historias donde el pasado familiar explica todo, como si fuera la única forma de darle profundidad a la trama. Aunque funciona dentro de la lógica de la película, no deja de sentirse algo improvisado.
Desde el punto de vista técnico, Bagman: El espíritu del mal es sencilla pero efectiva. La música es uno de sus mayores aciertos: crea atmósferas densas e incómodas sin recurrir al típico abuso de violines estridentes. Tiene ecos del diseño sonoro de Hereditary (2018), aunque no alcanza su complejidad. El uso de planos cerrados y movimientos lentos intensifican la claustrofobia. Bagman: El espíritu del mal consigue que aceptes el cliché como parte del paquete, y en ese sentido, no decepciona.
¿La recomendaría? Sí, con reservas. Es una película que funciona por su simpleza, que construye tensión con habilidad y que, en un género saturado de fórmulas repetitivas, logra destacar lo justo para no pasar desapercibida. Cumple, y a veces con eso, es suficiente.