2023-08-26

Netflix

Crítica de "Vivir": una adaptación ingeniosa que reflexiona sobre la vida y la burocracia en la sociedad moderna

 Vivir (Living, 2022), dirigida por Oliver Hermanus, vuelve sobre la historia que Kurosawa contó en Ikiru (1952) —y que Tolstói había planteado décadas antes— para ubicarla en la Inglaterra de los años cincuenta. Ese desplazamiento temporal y geográfico no busca actualizar la trama, sino observar cómo distintas sociedades responden a la misma inquietud: qué hacer cuando el tiempo deja de ser abstracto y empieza a agotarse.

 Mr. Williams (Bill Nighy), burócrata eficiente y discreto, recibe un diagnóstico terminal que interrumpe una rutina sostenida durante años. La noticia no lo impulsa a la aventura ni a la rebeldía, sino a un desconcierto íntimo: descubre que no sabe cómo vivir fuera de la oficina. Hermanus sigue ese desconcierto sin apuro, registrando cómo el orden laboral, el respeto por la jerarquía y la distancia emocional moldearon su identidad más que su biografía personal.

La película construye ese universo desde los códigos visuales del cine británico de posguerra: colores contenidos, encuadres simétricos, movimientos medidos y un prólogo que retrata Londres como un organismo industrial en marcha. Las oficinas públicas funcionan como engranajes autónomos, donde trámites, sellos y desvíos parecen más importantes que las personas que los impulsan. Allí, Williams es una pieza intercambiable, y su transformación resulta casi imperceptible para quienes lo rodean. 
El film organiza su relato en tres miradas: la del joven empleado Wakeling, que observa a Williams como parte del paisaje; la del propio Williams en su búsqueda tardía de sentido; y la de colegas que, tras su muerte, intentan reconstruir qué ocurrió. Ese rompecabezas narrativo revela cuánto desconocemos de quienes consideramos familiares, incluso cuando compartimos escritorio o almuerzo durante años.

Hermanus evita el consuelo fácil. No transforma a Williams en héroe, ni convierte su final en aprendizaje colectivo. Solo muestra cómo una existencia puede consumirse entre responsabilidades, silencios y obediencias, y cómo, aun así, un acto simple puede dejar una huella. Vivir no propone respuestas, sino una invitación a revisar qué hacemos con el tiempo que todavía nos queda.

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