Emiliano Basile
15/11/2019 01:00

José Celestino Campusano viene describiendo y narrando distintas aristas de los contextos marginales. Su cine llega a esos terrenos que otras cinematografías no llegan y desde ahí representa realidades que se escapan a la pantalla nacional. Lo hace con una visión política ideológica muy particular desde su productora CineBruto que se ha instalado en el medio como un golpe a la mandíbula de problemáticas históricamente invisibilizadas.

Bajo mi piel morena

(2019)

En esa dinámica representó la homosexualidad en el campo (Hombres de piel dura), la hipocresía de las clases altas (Placer y Martirio), la trata de personas en la cotidianidad del segundo cordón del conurbano (Fantasmas de la ruta), el abuso dentro de familias bolivianas (El silencio a gritos), la lucha de la asistencia social en un barrio marginal de Bariloche (El azote), etc, etc, etc. Con Bajo mi piel morena (2019) le llega el turno a la problemática social que viven las chicas trans.

La película cuenta la historia de Morena (Morena Yfrán), una chica trans que trabaja en una fábrica de operaria, rodeada de compañeros hombres. De su amiga Claudia, docente de una escuela pública, de su prima Myriam, prostituta con clientes policías. Las tres son chicas trans y sufren el estigma de la sociedad que las discrimina y rechaza por su condición. Si bien cae en varios lugares comunes sobre todo en los diálogos, el film tiene la capacidad de ir con los tapones de punta en cuanto denuncia social de conflictos experimentados por sus protagonistas.

Bajo mi piel morena no anda con rodeos para tratar el tema, va directo al grano. La discriminación explicita (un compañero de la fábrica que se violenta verbalmente contra Morena) o la implícita (sus compañeras mujeres que le ponen llave al baño para que no pueda entrar) son representadas con la misma intensidad. Lo mismo le sucede a Claudia en la escuela, de manera explícita una madre la insulta por su condición y de manera implícita la directora trata de disuadirla para que no tome el puesto de maestra. O a Myriam, mientras sus proxenetas la humillan verbalmente, su padre la trata con afecto pero la llama “Luisito”.

Otra vertiente es desarrollada por la amiga de Morena. Una mujer heterosexual en pareja con un hombre casado. Ella hace alarde de su independencia femenina y el control sobre su vida que no termina siendo tal. Esta mirada denuncia la hipocresía de lo héteronormativo que se muestra abierto en cuanto al discurso pero sus pensamientos y sentimientos siguen siendo conservadores.

Acá no solo hay como en la chilena Una mujer fantástica (2017) una mujer intentando resistir a la marginación de la sociedad, también hay contextos con problemas económicos graves que condicionan a la aceptación del otro, por ser diferente y por no tener herramientas para poder sobrellevar la injusticia social que la propia acción de sus cuerpos. Si la protagonista de la película de Sebastián Lelio lucha para sentirse libre, las de Campusano luchan por eso pero también por su condición de clase.

Mucho mejor lograda técnicamente en cuanto a movimientos de cámara y composición de planos, el film como otros de Campusano invita a relacionar los conflictos amorosos de las protagonistas con melodramas costumbristas, mientras presenta valentía y frontalidad a la hora de encarar con intenciones de denuncia, temáticas sociales sin precedentes en el cine.

7.0

Comentarios