Rolando Gallego
14/11/2019 00:37

En la segunda película de Delfina Castagnino, Angélica (2019), se respira libertad. El personaje central, que brinda el nombre al título, decide tomar las riendas de su vida sin importarle nada de lo que acontece alrededor y en ese afán de construir su psicología termina por defender un relato que evita lugares comunes y estereotipos.

Angélica

(2019)

Ese interés por construir un rol protagónico alejado de cánones, además, invita a reflexionar sobre cuestiones asociadas a mandatos, deseos e impulsos sexuales, de una manera simple y directa y que no intenta subrayar algunos ítems asociados a discusiones sobre género que circulan por otros discursos y soportes, y eso es lo que hace de la película una aún a expensas de desconfigurar el orden preestablecido para ella.

Al fallecer su madre, una vieja y corroída vivienda será el hogar de Angélica (Cecilia Rainero), pese a que su hermana la haya expulsado de allí. En esa casa sus deseos comienzan a impulsar sus acciones, sus sueños, sus aventuras, porque si hay algo que tiene Angélica es un espíritu emprendedor que la lleva a transitar caminos impensados.

Acosar a la nueva novia de un ex, vestirse con ropa de la recientemente fallecida, ponerse pelucas, pasar una tarde con ancianas jugando al bridge, disparar balines a los autos, trepar muros, enamorarse de desconocidos, pueden ser algunos de las anécdotas con las que Castagnino construye uno de los personajes más border y a la vez queribles que el cine local haya creado.

En la inocencia de sus palabras, en los consejos que brinda sin que nadie se los pida, en la recuperación de objetos de la infancia para su entretenimiento, en el aceptar compartir momentos con un ex galán de televisión (Antonio Grimau), entusiasmarse a lo lejos con un contratista (Diego Cremonesi) se entreteje la vital trama de la propuesta.

La vitalidad se desprende porque el relato se configura como viñetas, retazos de la vida de la protagonista, avanzando en ellos con una búsqueda visual, con una composición y elección de colores fríos en la paleta precisa, lo que permite rápidamente detectar que estamos ante una obra en la que los detalles, como así también la interpretación, han sido pensados al máximo y no dejados al azar.

La secuencia de títulos inicial, emulando filmes de los años ’40, o viejos cartoons, acompañados de música de jazz, son hallazgos que terminan por convertir a Angélica en una lograda narración, que aún en sus lagunas, en sus exageraciones, que pueden terminar por atentar a la solidez de su profundidad y fuerza, se percibe una lograda dirección en el sentido de avanzar por acumulación con el relato de una mujer desesperada por encontrar su lugar en el mundo, y que cuando lo encuentra, por nada lo dejará, defendiéndolo con uñas y dientes. Cecilia Rainero sorprende con su naturalidad en la interpretación. 

6.0

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