Benjamín Harguindey
28/10/2019 14:48

Filmada hace dos años y retirada por Amazon Studios en vísperas del #MeToo, Un día lluvioso en Nueva York (A Rainy Day in New York, 2019) finalmente recibe un estreno limitado en salas comerciales. Woody Allen es un realizador tan prolífico que en 50 años ha hecho más de 50 películas y suele promediar una obra maestra entre alguna que otra obra menor. Aun cuando no sorprende, siempre es interesante. Nadie escribe y dirige una auténtica ‘screwball’ (comedia de enredos) como él. Allen no imita al género: piensa en sus términos.

Un día lluvioso en Nueva York

(2019)

Por ello hay algo necesariamente anticuado en todos sus films. La clave es el diálogo, que se intercambia entre los personajes - todos locuaces e intelectuales - con la cadencia e intensidad de un partido de tenis. El diálogo determina el ritmo acelerado de la escena, y las escenas se desenvuelven con la espontaneidad de una farsa teatral. Es un registro difícil de abordar como realizador o espectador, pero funciona gracias al nivel del parlamento, las ideas en juego y la dirección minuciosa de un gran elenco. Hasta el personaje más ínfimo tiene capas para pelar.

Un día lluvioso en Nueva York no es nada que el realizador no haya hecho antes en su extensa obra, que a grandes rasgos trata sobre el eterno dilema entre lo que es cómodo y seguro y lo que es riesgoso pero más deseable. Y sin embargo verla es disfrutarla. Es ver a un maestro en acción creando algo que ya no tiene receta. Una de las críticas recurrentes que se le hace al artista es cuan anacrónicas se sienten sus películas, como si fuera algo deleznable. Va de la mano con un género desaparecido como el ‘screwball’, y el tono nostálgico de una historia que por más que se narre en tiempo presente siempre tiene la textura de un recuerdo.

La trama trata sobre una pareja de jóvenes enamorados, Gatsby (Timothée Chalamet) y Ashleigh (Elle Fanning), que viajan a pasar un fin de semana en la ciudad que nunca duerme. Ella va porque ha conseguido una entrevista con un renombrado director y él la acompaña para mostrarle la ciudad a la que ama. Tienen todo el día planeado, pero por una serie de coincidencias y desencuentros la pareja se separa. A su manera, cada uno se deja seducir por la ciudad, recorriéndola en paralelo y descubriéndose a sí mismos en la ausencia del otro.

Ashleigh queda obnubilada por un jet set de cineastas que idolatra y con el que se fetichiza mutuamente, pasando rápidamente de una “entrevista” a otra: un director (Liev Schreiber), un guionista (Jude Law) y un galán (Diego Luna), cada uno torturado por su propio genio. Gatsby pasea por la ciudad, visitando conocidos y evitando otros, replanteándose su relación con su novia y una vida que no tiene una dirección concreta. Chalamet, el hípster melancólico por excelencia, continúa la tradición de encarnar vívidamente las neurosis e inquietudes existenciales de Woody Allen en las películas que no tienen al director de protagonista.

La moda hoy en día es redoblar la apuesta con una situación ridícula tras otra, inevitablemente solapándose con el cine de acción o aventura, pero no hay nada demasiado absurdo o implausible en la película (salvo por un intento mediocre de slapstick en la tumba de Tutankamón). El diálogo, nominalmente ingenioso, puede sonar un poco pretencioso a veces pero va la mano con el elenco de dandies y bohemios que pueblan la historia. El humor nace naturalmente del conflicto interno de sus protagonistas: ella entre la culpa y el deseo, él entre su necesidad de establecerse y la de rebelarse. Así como la película es entretenida también tiene un gusto agridulce. A fin de cuentas, la gracia es ver cómo responden los tórtolos a la metralla de estímulos que los van separando física y emocionalmente a lo largo de un día de lluvia.

8.0

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