José C. Donayre Guerrero
08/08/2019 15:20

Los últimos (2019), dirigido por Pablo Pivetta y Nicolas Rodríguez Fuchs, es un documental de estilo retrato centrado en la figura de los estampadores de carteles y afiches quienes están entrando al ocaso de su profesión. Bajo el propósito de que no caiga en el olvido, está película se convierte en el camino para salvaguardar el pasado. Un enfoque atractivo, concreto y simple, sobre los objetos y las máquinas que van quedando atrás y como el fin de una era, resulta también la herencia de algo que aún puede sobrevivir.

Los últimos

(2019)

Bajo un trabajo estético pausado y de cámara fija, es la historia de distintos talleres de imprenta en tinta en la ciudad de Buenos Aires. Éstos siguen su rutina, pero tiene la desavenencia de que el trabajo decae y ya no siguen con el mismo ritmo de años anteriores. Lo cual los deja en camino a cerrar y vender todo. Ante este panorama una pareja de jóvenes (él, francés; y ella, al parecer, argentina) desean adquirir y seguir con el trabajo de libros impresos en tipografía. Recorren los talleres buscando las máquinas y piezas que han entrado en desuso y al negociar los precios se van dando cuenta de cómo el valor de estos objetos que en años pasados era elevado, hoy es indescifrable y casi una venta menor.

Resulta interesante contar desde el punto de vista de los personajes que trabajan en cada imprenta. Las edades, las miradas sobre el negocio, el pasado y el futuro son toda una mezcla que enriquece el relato. Un mundo que deja lo manual por lo tecnológico.

Sin embargo, es más atractivo cuando se ingresa en lo lúdico y prácticamente onírico. Todo centrado en las máquinas y en las piezas de imprenta, tanto como si los trabajadores y sus máquinas se fusionaran en un ritmo sincopado que nutre a la imagen de una cadencia particular, lo que trae consigo una buena forma de despegarse de lo convencional. Los objetos, las letras, las piezas y los colores ocupan todo y se vuelve un relato manierista y de tinte mecánico. Lo cual deja en claro que siempre desde una mirada neurótica se puede contar todo un mundo singular.

Si bien podría haber tenido un estilo más dinámico en cuanto a las entrevistas y los espacios de trabajo, todo es directo y concreto. Deja que se cuente solo y al espectador como el testigo de un trabajo basado en el esfuerzo y la sobre dedicación. Ve al viejo hombre dominando a una máquina antigua que a la vez necesita de aquel hombre para funcionar bien. Al final, ante la percepción de cierta languidez, reflota por su desenlace que sigue la alegoría del maestro que enseña al aprendiz a dominar la vieja máquina que podría desaparecer. Una idea romántica de rescatar lo que está por perderse pero que puede interesar al público joven.

7.0

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