Emiliano Basile
08/01/2019 08:31

Todos caímos en la trampa de Black Mirror: Bandersnatch, el episodio interactivo de la serie inglesa que cuestiona el uso de la tecnología mediante sus consecuencias negativas para el ser humano. Hemos sido víctimas del dispositivo, nos puede gustar o no el capítulo pero todos de una u otra forma caímos en la trampa que nos propone. Algunas cuestiones para pensar el fenómeno.

Black Mirror: Bandersnatch

(2018)

Llama la atención que hasta el más astuto de los espectadores haya participado de un debate en torno a la serie en los últimos días. Están sus detractores acérrimos (en general los espectadores más veteranos) y sus mas fervientes admiradores (las nuevas generaciones en su mayoría) pero todos caímos en la trampa de “jugar” con la interacción que el episodio sugiere.

Resulta que este episodio tiene la particularidad de darle al espectador la posibilidad de “elegir el destino de la historia” con las opciones que aparecen en pantalla seleccionadas desde el control remoto, un recurso promocionado como novedoso por Netflix. Hay entonces dos falacias: la primera la de la novedad, al ser la elección del destino del programa un elemento existente en la literatura desde hace décadas (los libros Elige tu propia aventura por ejemplo). También en cine el director William Castle en El barón sardónico (Mr. Sardonicus, 1961) incursionó muchos años antes. La otra falacia es la sensación de libertad en la posibilidad de decidir. La herramienta sugiere que hay tantas líneas argumentales como opciones seleccione el televidente y resulta que, en realidad, hay un “camino correcto y varios incorrectos” según la misma trama indica, llevando la mayoría de las líneas narrativas a una única dirección.

Hay un par de errores de interpretación en las críticas surgidas. En primer lugar toman a Black Mirror: Bandersnatch como una película, con la habitual generación de empatía y un discurso audiovisual elaborado detrás -entendemos desde la escuela de cine- por un director/autor. Desde este punto de vista, a los espectadores habituados a concentrarse en la narrativa desde la identificación previa con el protagonista, la reducción de la pantalla con las opciones debajo de ella “lo sacan” del universo ficcional rompiendo la cuarta pared y con ella, la magia del cine. Con igual criterio, si hay un director/autor detrás de la obra enviándonos de manera implícita o explicita un mensaje audiovisual, esto no puede suceder si la historia cambia tantas veces como opciones esté -yo espectador- dispuesto a elegir.

Sucede que Black Mirror: Bandersnatch no es una película. ¿Entonces qué es? Un híbrido, un frankenstein a mitad de camino entre un telefilm -episodio de TV streaming de hora y media- que no deja de lado los recursos del cine pero que a la vez intenta mezclarlos con los del videojuego. ¿Logra entonces fusionar ambos universos? No, porque uno no deja de “ver al protagonista”, nunca "es" el protagonista como en una consola de juegos. Y esto va más allá de la historia previsible y/o inverosímil que se cuenta, tiene que ver con “el experimento Netflix”. El gigante del streaming se adelantó en ser el pionero -o uno de ellos- en materia de interactividad para las masas. Para hacerlo contaba con un espectador que no estaba habituado al recurso en el momento de la “contemplación audiovisual de la señal” pero sí tenía una gran curiosidad por experimentar con el tema. Por eso la mezcla en un intento de captar a su público fiel.

Black Mirror: Bandersnatch deja mucho que desear como producto audiovisual, tiene todos los problemas de estar en un límite difuso. Pero cuenta con la virtud de plantarse -aunque no lo sea- como el primer audiovisual interactivo. Si nos remontamos a las primeras películas sonoras de la historia del cine sucedía lo mismo: como productos eran mediocres. Tanto El cantante de jazz (The Jazz Singer, EEUU 1927) como Tango! (Argentina, 1933) no pueden ser catalogados ni como films mudos ni como sonoros. Son un híbrido que contempla los hábitos y costumbres de un espectador acostumbrado al cine mudo pero ávido de escuchar la novedad del sonido en pantalla. Son recordados por ser pioneros en la materia, no por su calidad artística. Con Black Mirror: Bandersnatch sucede lo mismo.

Pero Netflix logró igualmente su cometido. Instaló el tema en debates en redes sociales, transportes públicos y hasta cenas de fin de año. Espectadores asiduos, especializados, e incrédulos que miran con buenos ojos cualquier adelanto tecnológico participaron de la discusión por igual. La última palabra la tiene, en todo caso, como el episodio de Black Mirror mal supone, cada uno de nosotros. La única certeza, es que todos hemos caído en la trampa de Black Mirror: Bandersnatch.

5.0

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