Rolando Gallego
14/11/2018 11:14

La realizadora Rita Azevedo Gomes (La venganza de una mujer, Altar) siempre se posicionó con su cámara en universos que le permiten construir una reflexión sobre roles y situaciones que describen un estado de situación. A portuguesa (2018) no es la excepción y propone, en esta oportunidad, un viaje a una época en la que la mujer sólo tenía algunos roles establecidos y, pensar en otros o transgredir el orden impuesto, era motivo de sanción y rechazo.

A portuguesa

(2018)

Inspirada en el cuento del alemán Robert Musil y protagonizada por Clara Riedenstein, la portuguesa del título es una noble que debe encerrarse en un castillo venido a menos en Italia para poder, primero, tener su embarazo alejada de la problemática de conquista que impera a su alrededor, y además, parir lejos de su tierra, para luego, y no por decisión propia sino para acompañar el crecimiento de su hijo.

La directora decide contar esta historia a partir de la construcción de situaciones que son plasmadas con planos generales, simulacros de cuadros, imágenes de una belleza única que no hacen otra cosa que reafirmar la habilidad de Rita Azevedo Gomes para componer artesanalmente en la pantalla.

Sin la contundencia de sus anteriores propuestas, pero con la sensación de respetar el género histórico en el que siempre se puede reinventar y construir desde otro lugar, no intenta acercarse a la pedagogía documental, sino utilizar la referencia temporal como un elemento más del motor creativo que otorga el marco del relato. Así, si bien los hechos acontecen durante las guerras en Europa por territorios, en las que los hombres tenían su primacía, la directora prefiere reposar la cámara en esta mujer que posterga su presente en pos de un futuro mejor para su hijo e invisibilizar a esos hombres en pugna. La asombrosa delicadeza y estilismo de la puesta convierten en testimonio a cada escena en la que esta portuguesa sólo quiere continuar su vida en paz alejada de conflictos.

Con intervenciones de coros a modo de cierre de cada situación planteada al estilo griego, y una fotografía de un preciosismo único que crea una imagen con una paleta de colores primarios para destacar desde el cabello de la mujer (sólo un punto más de coincidencia con aquella Orlando de Sally Potter) a los verdes que rodean el espacio corroído por el tiempo en el que está esperando, A portuguesa sirve para comprender, una vez más, que con ideas y talento nada es imposible llevar a la pantalla.

7.0

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