Juan Pablo Russo
10/09/2018 21:49

En El Proceso, historia de un golpe (O Processo, 2018), estrenada en la 68 Berlinale y ganadora del FIDBA, la cineasta brasileña Maria Augusta Ramos, ofrece un potente documental observacional sobre el proceso de impeachment que terminó destituyendo a la presidenta Dilma Rousseff. Un entramado que de apariencia legal concluyó con un golpe de Estado, no militar sino del Poder Legislativo.

El Proceso, historia de un golpe

(2018)

Ramos (Brasília, Um Dia em Fevereiro, 1995), en cuya filmografía anterior ya trabajó sobre cuestiones políticas-judiciales de su país, se centra en en el proceso de impeachment que terminó con la destitución a la presidenta de Brasil Dilma Rousseff el 31 de agosto de 2016.

Hay dos palabras que podrían definir a El Proceso, historia de un golpe, la urgencia y la contra información. Filmar en el mismo momento en el que ocurren los hechos y mostrar todo aquello que los medios evitaron o tergiversaron de acuerdo a sus intereses. El recorte de El Proceso, historia de un golpe comienza con la sesión de la Cámara en que el alejamiento de Rousseff fue aceptada por una mayoría exaltada y emocionada, que a menudo recordó en sus votos favorables a Dios, la familia e incluso figuras siniestras de la historia brasileña, como dictadores y torturadores.

Ramos filma la monotonía del juicio a la ex presidenta de abril a agosto, solo entrecortado por imágenes tras bambalinas, que se alternan entre reuniones de la defensa - con la presencia constante de los senadores Lindbergh Farias y Gleisi Hoffmann, además de José Eduardo Cardozo, entonces abogado general de la Unión -, y momentos de descentración, como la imagen de la abogada de la parte acusatoria Janaína Paschoal, tomando una chocolatada o relajada entre un debate y otro, siempre evitando interferir, mostrando lo que sucede en ambos lados, sin entrevistas a cámara, ni una voz narradora que sirva de guía ni conduzca el relato con tendenciosidad, solamente utilizando intertítulos para ubicar al espectador en cada uno de los espacios temporales. Tampoco se nutre de material de archivo, ni del emitido por los medios, exceptuando algunas tomas registradas por las cámaras del canal de televisión del senado. Y en ese sentido se diferencia de otros documentales que trabajan la contra información pero funcionando como una forma contestaría a lo que muestran los medios.

En El Proceso, historia de un golpe hay una estética de la ética, y eso es lo que lo vuelve un trabajo valioso, sin maniqueos, cuyo principal atractivo es darle al espectador la sensación de ser testigo de los entretelones de un acontecimiento histórico. Y que sea el propio receptor del mensaje quien saque sus propias conclusiones a partir de lo que se muestra. Que no es más que como sucedieron los hechos. Algo que el periodismo televisivo debería aprender.

9.0

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