Rolando Gallego
28/08/2018 14:02

Buceando en archivos familiares y de dominio público, y en la propia voz de Astor Piazzolla como vector narrativo, el realizador Daniel Rosenfeld (Al centro de la tierra, Cornelia frente al espejo) reconstruye en Piazzolla, los años del tiburón (2018) un íntimo, potente y simple relato sobre el artista, su música y su particular manera de relacionarse con los demás y el mundo.

Piazzolla, los años del tiburón

(2018)

Las grabaciones de las charlas entre Piazzolla y su hija Diana, quien ofició de biógrafa de su padre, son solo la excusa para recorrer desde la infancia, el camino que el músico comenzó tras recibir como regalo de su padre en Nueva York un bandoneón. Además la utilización de este particular material permite conocer el cercano vínculo del músico con su hija, logrando empatizar con los espectadores más allá del contraste que luego se generará con los comentarios de otro de los personajes que se mostrarán.

El esfuerzo, la lucha, la obstinación y la pasión con la que Piazzolla fue trazando su destino son reflejadas por Rosenfeld a partir de la utilización de materiales de archivo, de grabaciones caseras, entrevistas televisivas y el testimonio de Daniel, su hijo, quien de alguna manera hace de guía en el intrincado laberinto de la vida del músico. La habilidad del director está en resemantizar materiales a la luz de hechos y comentarios relatados por el propio artista.

La elección de iniciar el documental con la visita de Daniel Piazzolla al lugar en donde una exhibición sobre su padre se desplegará en breve, es también una manera de darle reconocimiento como protagonista, un personaje acuciado por los recuerdos, en constante contradicción por los fantasmas que merodean la relación que mantuvo con su padre. En ese punto la película busca correrse de elegir un punto de vista propio, y prefiere ahondar en las idas y venidas del Piazzolla padre, músico, compañero, marido, hijo, siguiendo los compases de su obra y los ritmos que a medida que iba avanzando en su carrera lograba plasmar con su pasión.

Piazzolla, los años del tiburón opta por una progresión narrativa más lenta para reforzar su sentido, reposando en fotos, en recortes, en grabaciones en Super 8, en detalles de reuniones familiares, en las eternas tardes de pesca y, desde allí, mostrar un Piazzolla diferente, aquel alejado de los flashes y las críticas, conectado con su familia y los suyos.

El mayor mérito de una propuesta de estas características es poder envolver al espectador con la música del artista, seleccionando de manera contundente los retazos de aquellos hitos que marcaron a fuego su biografía y dejaron que la propia obra hable y relate la historia.

El mostrar las imágenes de Piazzolla jugando con sus hijos, coqueteando a su primera mujer, son también una decisión de acercar una mirada distinta sobre el músico, un recorte temporal que demuestra que no siempre, ni siquiera estando en la cresta de la ola, la fama garantiza felicidad y tranquilidad, al contrario, en las reflexiones del hijo, en su mirada perdida escuchando a su padre, con quien estuvo distanciado por largo tiempo, hay una reflexión sobre cómo impacta el éxito no solo en el “exitoso” sino en su entorno.

Piazzolla, los años del tiburón oficia de homenaje, pero también de divulgación. Sobre momentos, esquelas, retazos, de la vida de un hombre que siempre tuvo que rendir examen ante los puristas del tango, un examen aprobado para muchos, y desaprobado para aquellos que sólo querían estar cerca del ser amado.

8.0

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