Emiliano Basile
13/08/2018 16:19

La nueva película de Mariano Cohn y Gastón Duprat, esta vez separados en sus roles de productor y director respectivamente, regresa sobre el mundo del arte en una comedia que no está a la altura de sus trabajos anteriores.

Mi obra maestra

(2018)

El narrador es Arturo (Guillermo Francella), un representante y dueño de una galería de arte, hábil para los negocios que no le interesa otra cosa que lucrar con el arte ajeno. Su mayor virtud es conservar la amistad con el venido a menos Renzo Luis Brandoni), un artística plástico cuyo momento de gloria quedó en el pasado. Los egos, las miserias y mezquindades de estos personajes los unen en una extraña amistad. Por contraste está Alex (Raúl Arévalo), el alumno español de Renzo que viene a desenmascar los planes de los viejos amigos.

Con Mi obra maestra (2018) estamos otra vez frente a un universo conocido por el ideólogo y guionista de la dupla de realizadores Andrés Duprat, hermano de Gastón y director del Museo Nacional de Bellas Artes que conoce a los personajes que retrata con profundidad.

Sucede que aquí la película se basa en dos líneas argumentarles: por un lado la amistad entre los personajes de Francella y Brandoni, y por el otro la paradoja del arte. La primera funciona a medias, porque son contados los momentos realmente graciosos de la historia. Por otro lado, la vuelta de tuerca que afecta al arte es bastante previsible, y puede anticiparse rápidamente con sólo estar mínimamente atentos al modo en que se desenvuelven los hechos.

Los responsables de El hombre de al lado (2009) aprovechan para trasladar -como en otras ocasiones- la crítica al arte a otra que pone en jaque los usos y costumbres de la sociedad argentina en general y con ella, del ciudadano medio. Lo hicieron con Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011) y con El ciudadano ilustre (2016) por mencionar sólo dos casos. Siempre en la delgada línea entre lo que critica y lo criticado, desliza su línea ideológica. Arturo y Renzo son presentados como dos pícaros sinvergüenzas, simpáticos estafadores que generan empatía por su viveza criolla. Habría que evaluar si ese patetismo con el que se los describe llega al espectador como tal o se transforma en un ambiguo sentido común.

Sin embargo, Mi obra maestra cuenta con la mirada incisiva sobre los estafadores alrededor del negocio del arte y el dudoso talento de los artistas, elementos que ya estaban presentes en su primera película sobre el tema El Artista (2009), sólo que aquí están potenciados por el arte contemporáneo que eleva ambas nociones a límites imposibles.

6.0

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