Emiliano Basile
16/05/2018 08:05

Cuando se creía que Lars von Trier lo había probado todo en materia de controversia se despacha con La casa de Jack (2018), en la que el asesino serial que interpreta Matt Dillon mata, entre otros, a su mujer y dos pequeños hijos a sangre fría. Quizás en este asesino podemos ver reflejado el alter ego del director danés.

La casa de Jack

(2018)

Jack (Matt Dillon) es un asesino desalmado y calculador. Disfruta de matar y coleccionar los cadáveres en un enorme freezer mientras deambula en su furgoneta en busca de su próxima víctima. La película está dividida en cinco incidentes, asesinatos que terminaron dejando huellas para que Jack termine con su obsesión. Matanzas Estos de mujeres a quienes Jack manipula con su personalidad cambiante. Es dulce, introvertido, violento, sádico o amable, según el caso modifica su argumento para acceder a la intimidad de sus víctimas y justificar sus actos. Lo mismo hace Lars von Trier con la película, manipula al espectador exponiendo una historia sádica y extrema con reflexiones sobre el arte y la condición humana asociada a la maldad. Puro recurso para sostener en pantalla aquello que realmente le interesa: impactar al público con escenas truculentas.

El cine contemporáneo no se plantea los dilemas éticos a la hora de representar del cine moderno europeo de los años sesenta. Qué se debía y qué no representar en la pantalla era una pregunta habitual de este cine de antaño. El cine contemporáneo va por otro camino, estetiza la violencia, utiliza la transgresión como un arma efectista para atrapar a su público. Gaspar Noé, Darren Aronofsky y Lars von Trier son los maestros en la materia.

El director de Bailarina en la oscuridad (2000) se despacha con una película de dos y media de duración que va ganando en morbo y sadismo. Las imágenes se anclan en el punto de vista de Jack, el arquitecto ingeniero que sueña con su casa ideal mientras desarrolla un TOC, trastorno obsesivo compulsivo, con la limpieza de sus escenas de crímenes. Jack es Lars von Trier, aquel que nos envuelve en su enroscado argumento para herir con imágenes que cruzan el límite de la ética.

Retórica discursiva sobre el arte, la creación del objeto artístico y los iconos de una sociedad, se disfrazan de soberbias hipótesis para sostener un relato que curiosamente, tiene un alto grado de atracción. El cineasta danés juega con el morbo del espectador, lo manipula a su merced y envuelve en una fluída historia. El final sigue la forma de Nymphomaniac (2013), en un epílogo que cuenta con un interlocutor (Bruno Ganz en este caso) que opera como la voz de la conciencia retorcida del protagonista. Las ideas acerca del arte se estilizan en pictóricas imágenes que cambian el registro crudo del film hasta entonces desarrollado.

En ese final, Lars von Trier da un paso más hacia el abismo, demostrando de su dominio del relato al que entiende como un juego. El director maneja muy bien los tiempos de la narración, se regodea en lo macabro y afirma su estilo controversial. Un hombre que por suerte destila su sadismo en su obra, sino muy probablemente, tendría el hobby del protagonista de La casa de Jack.

6.0

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