Rolando Gallego
14/04/2018 00:10

La ópera prima de José Militano, Música para casarse (2018) demuestra una vez más que a la habilidad de narrar hay que acompañarla por un universo particular, y si éste es conocido y detallado minuciosamente, permite empatizar con los personajes rápidamente, más allá de las distancias que puedan surgir.

Música para casarse

(2018)

El film, centrado en el regreso a su pueblo de un retraído y silencioso joven llamado Pedro (Diego Vegezzi), que tiene el don de cantar como pocos, pero que no se anima a acercarse a nadie, y mucho menos revelar sus sentimientos, comienza con una escena en la que su timidez le impide decirle directamente a un compañero de trabajo que no desea que sea su próximo roomate o avanzar a una chica por la que se siente profundamente atraído.

Conviviendo con Pablo (Mariano Saborido), quien se independizará prontamente, los cambios paralizan a Pedro, y mucha de esa inercia tiene que ver con su imposibilidad de asumir de manera correcta el rol que tiene en cada uno de los lugares en donde se maneja. Su hermana (María Soldi) se casa y debe volver a Vera, un pequeño pueblo al norte de Santa Fé, que continua haciendo de la siesta un rito, y del rumor un culto al entretenimiento, para acompañarla en el trascendental momento que vivirá.

El contraste con la seguridad de Pablo, el detalle del reencuentro con los amigos de la infancia y su familia, el choque con una particular chica (Laila Maltz), que dice tener un recuerdo marcado a fuego y por el cual “nunca lo perdonará”, sumado a las rutinas de la vida de pueblo, configuran el material para dinamizar un relato en clave de comedia que logra rápidamente su cometido.

José Militano construye a partir de pequeñas, pero entrañables, postales de la vida del protagonista, el rompecabezas de Pedro, lo pinta de cuerpo entero y lo ubica en un contexto que termina por completar y afirmar su presente tan dubitativo. La dirección de actores, como así también la correcta puesta, son parte de un engranaje que va configurando un efectivo producto que prefiere detallar sus personajes y subrayar las características de cada uno para evitar caer en estereotipos artificiales.

La verdad de Música para casarse está en cada uno de los arquetipos con los que trabaja, ofreciéndoles, a cada uno, un conflicto para que en el reconocimiento de ellos, como así también en su refuerzo, se termine por dinamizar, a partir de algunos gags, humor físico y punchline, un relato honesto con el material que trabaja.

La frescura de algunas tomas, la decisión de reflejar la sencillez de la vida del interior sin juzgarla, el recurrir a algunos mecanismos cinematográficos (fuera de campo) para crear tensión o para intrigar sobre índices que se manifiestan verbalmente (nunca conocemos a Piqui, el hijo de uno de los amigos de Pedro), y la concreción de la meta final y motivo del regreso al pueblo, hacen de Música para casarse el promisorio debut de un realizador con mucho futuro y al que hay que seguirle los pasos. 

8.0

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