Rolando Gallego
09/01/2018 08:33

Coco (COCO, 2017), la última película animada de Disney/Pixar dirigida por Lee Unkrich (Buscando a Nemo), es un viaje a la cultura mexicana sin estereotipos, tomando lo mejor y más representativo de lo popular para volcarlo en un colorido cuento sobre las metas y objetivos de cumplir los sueños pese a las trabas y obstáculos que aparezcan.

Coco

(2017)

Miguel comparte tiempo con Coco, su bisabuela, una anciana que practica con una guitarra improvisada las melodías de Ernesto de la Cruz. Por la devoción de su música, Miguel se verá envuelto en un misterioso viaje al día de los muertos, celebración en la que los vivos recuerdan con panes, velas y fotografías a quienes ya no están. Cuando “profane” la tumba del artista para probar suerte en un concurso de talentos, el relato virará hacia la búsqueda de, por un lado el regreso sano y salvo de Miguel hacia la vida, y por el otro, la posibilidad de ser recordado como se merece por sus familiares y perpetuar en otro nivel su existencia.

Al igual que El libro de la vida (The Book of life, 2014), producida por Guillermo del Toro, la utilización del día de los muertos como disparador de la narración, hace que Coco juegue entre esos dos planos, el humor y la música, pero sin desatender, algo que tal vez no hacía la anterior apuesta, la nostalgia.

Por primera vez Disney/Pixar generan un producto multi target, con la posibilidad de identificación por parte de todos los públicos, al tratar al espectador infantil con seriedad, sin menospreciarlo ni ofrecerle un relato simple y pasatista. Coco al igual que narraciones literarias clásicas de Andersen y los hermanos Grimm, le habla al niño con respeto, como un par, de manera entrañable, sin pedagogismos ni ocultarles que la muerte es la etapa final de un recorrido pero que, sin sobresaltarlo ni asustarlo, gracias al recuerdo, se puede estar aún vivos en aquellos que nombran, que prenden una vela para celebrar o que colocan una fotografía en un portarretrato para rememorar.

Y cuando el respeto se traduce en poder contar la historia sin eufemismos, sin lugares comunes, con alegría, humor y nostalgia, el producto final termina por trascender su origen y perdurar en el tiempo para, por ejemplo, poder explicar cuestiones un poco complicadas para los más pequeños, o permitirle a los adultos conectarse nuevamente con sus orígenes.

Coco logra manejar el humor y la música en dosis exactas, sin transformar el relato en función de éstos, sino que los utiliza como materia expresiva para continuar avanzando en el viaje de Miguel hacia la liberación y su conexión con lazos familiares que inevitablemente le demuestran que esa pasión no le ha nacido sin fundamentos.

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