Juan Pablo Russo
04/01/2018 11:51

Las tensiones en una pareja que se dedica al arte son el nudo de Pendular (2017), coproducción brasileña-argentina dirigida por Lucía Murat (Historias que sólo existen al ser recordadas, 2011), estrenada en la 67 Berlinale, pero que también puede ser leída como una metáfora de la resistencia en el contexto sociopolítico actual.

Pendular

(2017)

Él (Rodrigo Bolzan) y Ella (Raquel Karro) son los protagonistas excluyentes de Pendular. Él se dedica a la escultura y Ella a la danza. Habitan un galpón estudio reciclado donde los espacios de cada uno están delimitados por cintas adhesivas. Es más lo que no se dicen de lo que hablan y lo único que los conecta es el sexo. Resistir a un final anunciado pareciera ser la meta.

Murat estructura su obra en cuatro cuadros como si se tratara de un programa de danza o la secuencia de una serie de esculturas. Cada uno marca un quiebre en la relación amorosa que alcanza su punto máximo cuando Él le dice “que quiere darle un hijo”, como si para Ella esa acción fuera la realización personal o el deseo sublime. Es ese momento en el que la película se resignifica y la pareja se destruye por completo. Ya no es una película sobre los conflictos egocéntricos de dos artistas que no pueden dejar de mirarse el ombligo sino que pasa a ser una obra sobre los géneros, sobre el feminismo y el machismo, sobre los patriarcados y los roles que la sociedad impone.

Por momentos cargada de demasiada artificialidad adrede, bastante claustrofóbica en sintonía con el ahogo que sufren los personajes, filmada el 90% en una sola locación, con un gran trabajo sonoro y escenas de sexo que rozan la explicites, Pendular tiene la virtud de sus múltiples lecturas y como poder ser resignificadas de acuerdo a la época que la atraviesa.

6.0

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