Juan Pablo Russo
02/05/2017 00:57

La cinematografía de Costa Rica, como la de Centroamérica en general, resulta casi nula, y dentro de lo poco que se hace hay una orientación mayor por un cine pasatista que por una búsqueda artística. Medea (2017) es una gota de agua en medio de un desierto que pese a sus defectos y virtudes debe ser reconocida por el riesgo estético que asume una producción de estas características.

Medea

(2017)

Dice la leyenda que Medea era una mujer autónoma e inusual, contraria al prototipo ideal de la época. Y María José, la protagonista de esta historia, también lo es. Su vida transcurre en un limbo de inestabilidad emocional y autodestrucción fisica. Juega al rugby, va a la universidad con desgano, tiene sexo casual, se droga, se emborracha, conoce a un chico, trata de empezar una relación y tiene un secreto. Un secreto que está a la vista (hay que prestar atención a los primeros minutos) pero que nadie quiere ver.

Liliana Biamonte es la protagonista absoluta en la ópera prima de la tica Alexandra Latishev, donde la cámara la sigue a luz y sombra durante los más de setenta minutos de metraje. La cámara está encima de la protagonista de manera continua y gran parte de lo que sucede a su alrededor está fuera de campo. Hay una confianza de la directora en la fuerza de esta actriz y de la actriz en la mirada de la directora que de cuya reciprocidad sale una historia potente, donde no hace falta mucho más que gestos, miradas, roces, llantos y risas.

Medea maneja la autodestrucción del personaje en un tono justo. Sin golpes bajos ni la necesidad de caer en escenas desgarradoras, lo hace con una seguridad narrativa y estética apabullante. Todo está medido. Latishev se perfila como una directora a tener en cuenta y Biamonte como una de las actrices a la que que no habrá que perderle pisada alguna en el futuro cercano.

7.0

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