José C. Donayre Guerrero
24/04/2017 14:12

Acha acha cucaracha: Cucaño ataca otra vez (2017) es un documental dirigido por Mario Piazza que profundiza el estilo hilarante y sincero del grupo de arte experimental rosarino llamando Cucaño, que existió entre 1979 y 1982. Con una construcción atrevida, trabajando desde la memoria y el recuerdo, el film es un vaivén atractivo pero que también puede resultar difuso en su afán de alcanzar la imagen de un mito artístico indescifrable.

Acha acha cucaracha: Cucaño ataca otra vez

(2017)

Desde el comienzo, bajo imágenes en velocidad rápida, desenfoques y carteles informativos como si de un cómic o un folletín se tratara, entramos al material de archivo de la época turbulenta de la última dictadura Argentina, y a partir de ese momento tenemos las voces de los diferentes entrevistados, entre los miembros del grupo y testigos, que dibujan el lado desconocido de Cucaño. Porque este grupo de teatro, también incursionó en otras artes tales como la música en vivo y la poesía, entre otras. Tenían el objetivo de romper lo esquemático de una presentación convencional y afinada, hacer al público participe y que pierda su único papel de observador. Incluso iban al extremo de hacer lo que hoy se conocería como flashmob o happenings, ese arte repentino en la calle, que para ese tiempo era difícil de asimilar y propenso a asustar a la gente.

Siempre es interesante hablar sobre algo que ya no existe y que por haber desaparecido es difícil de explicar. Como si cualquier definición fuera insuficiente y a la vez nos diera una arista del objeto a buscar. Eso sin duda es lo mejor de la película. La inagotable mezcla de voces sobre la pesquisa artística y política de Curaño, sin detenerse a que quede claro, hace que su estética sea la del desorden y del atrevimiento. Pretende dejar el efecto tal cual haría Cucaño si volviera a existir. Este grupo hace recordar, salvando las distancias, a Los infrarrealistas mexicanos: Jóvenes poetas liderados por el chileno Roberto Bolaño y el mexicano Mario Santiago Papasquiaro en los años 70 en el DF, que si bien estaban abocados sólo a la poesía y a los eventos literarios, eran irreverentes con sus sueños de revolución y de izquierda desde el arte. Ellos también aparecían para generar conflicto y desconcierto. Y hoy ya son un mito o una leyenda.

Si bien la pesquisa es atrapante, el documental también peca de excesivo amateurismo, de pasión desbordante, de auto vanagloriarse, sin hablar de los problemas hasta muy avanzada la película, porque más allá del clima adverso y la época, lo atractivo es el grupo en sí y muchas veces se pasa por alto, o queda muy politizado o muy “los chicos raros e innovadores” del arte. Entonces se produce un ligero distanciamiento con el espectador. Además algunos entrevistados no generan empatía, la fuerza de unos (de los integrantes originales de Cucaño por ejemplo) se contrapone con la debilidad de algún fan o testigo y así vuelve inestable todo el buen camino. Sin embargo, no se puede negar que la estructura general, de mezclar arte y política, presente y pasado y la idea de un grupo que caló muy fuerte en los jóvenes que vivieron la dictadura, son muy bien planteados y al final logra reponerse con una sublime secuencia que es un juego de la memoria con la visión de cada integrante entre su imagen de aquellos años y como lucen el día de hoy. 

6.0

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