Emiliano Basile
03/04/2017 17:15

Pocas veces el cine argentino ha tomado al género como excusa para hablar de un tema intimista como en el caso de Maracaibo (2016), que utiliza de este modo recursos del policial para desarrollar la relación trunca entre un padre y su hijo.

Maracaibo

(2017)

Gustavo (Jorge Marrale) tiene una vida acomodada producto de su profesión de doctor. Vive en su enorme casa junto a su mujer Cristina (Mercedes Morán) y su hijo Facundo (Matías Mayer). Una noche es sorprendido por dos delincuentes en su hogar, y en medio de la tensión del robo su hijo recibe un disparo letal. El crimen abre un abanico de culpas y responsabilidades con foco en la psiquis de Gustavo, quién no podía aceptar la homosexualidad de su hijo entre otras cuestiones que le impedían mantener una relación cercana con él. La búsqueda de venganza será una manera de erradicar sus propios fantasmas.

Con una actuación desde la contención de Jorge Marrale, Maracaibo bucea en la psiquis de su protagonista: un hombre insatisfecho con su propia vida pese a tenerlo todo. La homosexualidad de su hijo se muestra como un hecho difícil de procesar, del mismo modo que sus esfuerzos en vano por establecer un vínculo con él. Su hogar adquiere un aspecto oscuro en un espeso clima de angustia -atmósfera noir si las hay- que sirve al director Miguel Ángel Rocca para establecer el disconforme comportamiento de su personaje principal que oscila entre decisiones, dilemas y frustraciones. En el medio hay un crimen cuyas consecuencias dolorosas lo empujan a resoluciones erráticas plagadas de violencia.

La estructura policial (el crimen y posterior investigación para atrapar al culpable) sirven de excusa al film para plantear la cesión de frustraciones de un padre hacia su hijo y sus negativas consecuencias. La curva dramática del relato sigue esa línea en la búsqueda del culpable: Mientras Gustavo va hacia tal objetivo externo -concretar la venganza- desarrolla su recorrido interior -un descenso hacia sus miedos ocultos-, aquel que lo conecta con su fallecido hijo desde otro lugar. El asesinato tiene connotaciones simbólicas desde la psicología en una película que traza paralelos con los vínculos padre-hijo de otros personajes, finalizando con el encuentro de la dupla de delincuentes (también padre e hijo) responsables del crimen.

Maracaibo parte de un momento negativo en la vida de su protagonista (aún antes del asesinato) y se sumerge cada vez más en las densas capas de culpa que lo atormentan. En ese viaje profundo y desconsolador, la película abandona el tema de la inseguridad para sumergirse en un conflicto de índole psicológico, sombrío y perturbador. Con esta decisión la película asciende en seriedad y deja el sentimiento lúdico asociado al género. Se trata de explorar el dolor desde los instintos irracionales y contraponerlos con la racionalidad de las acciones de manera adulta. Rara vez el cine argentino se animó a tanto.

Si bien es cierto que el dilema inicial pierde consistencia en determinados lapsos de la trama, será la actuación de Marrale y el riesgo que asume el film -incluso para el género-, el hecho que destaca a Maracaibo de otras producciones.

8.0

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