José C. Donayre Guerrero
24/04/2016 14:16

El invierno llega después del otoño (2015), dirigida por Nicolás Zukerfeld y Malena Solarz, es una película argentina con toques de Nouvelle Vague. Tomando a la escritura como otro personaje principal, los libros y todos los textos posibles circulan en este pequeño cuento de escritores potenciales que deambulan por la ciudad relacionándose entre sí y dejándose llevar. Una película interesante porque parece construirse sobre sí misma.

El invierno llega después del otoño

(2016)

Pablo (Guillermo Masse
) es un muchacho que no dice su edad y tampoco admite ser escritor; sin embargo, parece serlo y a la vez ser una especie de “modelo-extranjero” para sus amistades. Este joven rubio es al inicio del film el punto de vista desde cual se construye toda la apuesta narrativa, para cambiar luego a Mariana (Marina Califano). Cada uno aporta una mirada neurótica, y juntos arman un esquema como si fuera posible construir todo desde un solo lugar, que es el de la escritura. El film juega con pequeños folletos, libros, bibliotecas, charlas de libros presenciales o por radio, pura literatura. Todo tiene que ver con la palabra. La vida de ambos, sobre todo la de Pablo, hacen recordar al camino de James Joyce con “Retatro de un artista adolescente”, como si ambos estuvieran escribiendo su primera novela, siempre pasando de un amorío a otro, yendo sobre el mero sin sentido.

El cambio de personaje genera una película desigual. Toda la primera hora con Pablo es de una atmósfera atrapante, con tintes oníricos y divertidos en el cual se nota más ese estilo afrancesado que siempre le juega a favor. Cuando todo pasa a Mariana se deja un poco esa construcción y se pasa a un estilo más documental, siguiendo el recorrido a la deriva de la protagonista femenina.

Sin duda el uso de un único punto de vista, con una cámara que se mantiene sobre su protagonista, es un recurso utilizado más que nada por el thriller psicológico. Pero aquí no hay terror ni suspenso, y eso le da un matiz muy atractivo y que permite relacionarlo con la Nouvelle Vague. La cámara está siempre junto a los protagonistas, acercándose mucho en su deambular y dándole un profundo uso al fuera de campo, con un constante cruce de personajes como una coreografía.

La película se hace eco del estilo de Jean-Luc Godard quien decía que las películas se pueden interrumpir en cualquier momento, como si el film es también aquello que no se vio y que, aunque termina la proyección, el relato continúa existiendo. Una apuesta arriesgada con ese cambio de ritmo a la mitad, pero que soslaya lo que hubiera sido un final soso y de verdad un pleno sin sentido, dejando en claro su emotiva búsqueda inicial.

6.0

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