Benjamín Harguindey
07/11/2015 09:45

¿Cómo se critica una película como Daemoniun: Soldado de Inframundo (2015)? El largometraje, de 2 horas de duración, nació como una serie de internet, compuesta de episodios de 10 a 20 minutos cada uno que fueron siendo subidos a YouTube a lo largo de 5 años. Ahora que la serie terminó el director, Pablo Parés, ha armado una película con ellos; lo que antes se ofrecía como una indulgencia comedida ahora se hace demasiado larga y demasiado monótona.

Daemoniun: Soldado de Inframundo

(2015)

A mano está el siguiente cumplido, siempre ambiguo: “El director ha obtenido la película que quería”. Daemoniun: Soldado de Inframundo es una panzada de excesos, una película guasa, rabiosa, que busca el refugio en el más desorbitado de los extremos y ahí se queda durante 120 minutos, sin dar respiro o tomar uno. Es la película de “ciencia ficción/acción/aventuras/terror/animé” que Parés quería lograr y es la película que sus fans van a recibir gustosamente.

La trama: en un futuro distópico (¿hay otro?) en el que la magia y el steampunk conviven cotidianamente, un grupo de soldados conduce un mago tarotista ante un portal en el medio del desierto para convocar a un diablo e intercambiar una misteriosa caja por el poder sobre una legión de zombies demoníacos y así tiranizar el mundo. El soldado que obtiene este poder es un tal “Razorback”, quien procede a construir un ejército de putas y robots y demonios y sale matar a todo el mundo. Entonces otro bando rapta a su mujer embarazada y la muelen a piñas y tiene un aborto y cambia el nombre de Lisa por Hanya Shibari y aprende el arte de matar gente con cordones de una persona que ha dominado el arte de matar gente con palitos eléctricos y…

Hay un episodio de Los Simpson que concluye con esta reflexión de Homero: “Son sólo un montón de cosas que pasaron”. Nunca una película ha merecido este pedazo de sabiduría tanto como Daemoniun: Soldado de Inframundo. Palabras doblemente apropiadas porque el propio Humberto Vélez (la primera y mejor voz de Homero) pone la voz en la cinta, doblando el diálogo de un canalla secundario. Y es cierto que, así como se han ensamblado los episodios de Daemonium, no hay coherencia narrativa a la vista. “Son un montón de cosas que pasan”.

Los personajes se matan entre sí con todo el furor de Mortal Kombat, arrancándose las cabezas, hundiéndose los ojos y descuartizando sus tiernos cuerpos, y nunca aprendemos quiénes son o qué los moviliza. La única caracterización que reciben es cómo visten y qué arma extraña utilizan. No hay forma de saber a dónde se dirige la trama ni cuan cerca estamos del final, ya que cada instante de la cinta está orquestado con el mismo nivel enviciado de violencia gratuita.

Hay un motivo detrás de la notoria participación de Humberto Vélez: todas las voces de los actores han sido dobladas por profesionales del doblaje latino. La razón detrás de esto es realzar la estética del animé, que en Latinoamérica se ha vuelto inseparable del doblaje latino. El bueno y el malo de la película son interpretados por Walter Cornás y Dany Casco, pero las voces son las de Mario Castañeda y René García – las inimitables voces latinas de Goku y Vegeta de Dragon Ball Z.

Si algo se puede rescatar de la película es lo bien que se ha extrapolado la estética del animé, tarea en la que hasta los propios japoneses suelen fallar a la hora de plasmar sus caricaturas en carne y hueso. Impresionante la labor de vestuario, maquillaje y efectos especiales, y la dirección de arte en general, la cual logra crear y mantener un verosímil fantástico que jamás quiebra. El aporte del doblaje es igual de inestimable en la construcción de este verosímil. Es difícil imaginar a la película sin él.

Daemoniun: Soldado de Inframundo es larga y agotadora, y sin embargo deja al espectador con ganas. Ganas de que fuese más corta. Que los personajes fueran ingeniados con tanto cuidado y amor como las peleas en las que participan. Que cumplieran una función en una trama guiada por su voluntad antes que la anarquía y lo que venga. Que el universo de la película observara ciertas reglas y nos diera dónde pararnos. Que al ensamblar los episodios de la serie se los hubiera intentado conectar lógicamente, imitando algo parecido a una estructura dramática.

En vez de eso quedó este lime amorfo, gritón y sanguinario, que no sabe cómo empezar o cuándo parar. Si le dejaran, Parés seguramente todavía estaría filmando la tercera hora de su película, y probablemente no decaería la ronca pasión ni por un segundo.

7.0

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