Benjamín Harguindey
25/11/2014 08:29

Vean La parte ausente (2014) como un ejemplo de Serie B. No como un homenaje o una parodia o algún otro procedimiento reflexivo sobre la forma, sino como un ejemplo de género en estado puro. La película tira detectives privados, femme fatales, científicos locos, experimentos genéticos, mutantes vampíricos y elementos mitológicos sin temblarle el pulso una sola vez. No hay humor. No hay ironía. No hay inteligencia. Todo va en serio. Si eso les suena divertido y pueden mantener la cara de póker durante 80 minutos, Galel Maidana ha dirigido la película para ustedes.

La parte ausente

(2014)

La trama, o lo más parecido a una, nos sitúa en una Buenos Aires post-apocalíptica. Un prólogo escrito nos pone al tanto sobre el mercado negro de la genética y los experimentos que se están conduciendo o algo por el estilo. No nos importa y a la película tampoco. Tenemos a nuestro héroe, un detective llamado Chockler (Alberto Ajaka). Tenemos a nuestra femme fatale, Lucrecia (Celeste Cid), que llega con la misión de encontrar a un misterioso fugitivo llamado Victor (Guillermo Pfening). Pronto Chockler está recorriendo antros y callejones, lidiando con putas, destapando conspiraciones y esas cosas que les pasan a los detectives en las películas.

Inútil descifrar la historia. Las escenas empiezan sin ninguna orientación y terminan sin lograr nada excepto haber durado. Ninguno de los personajes posee una motivación clara. Tampoco hay continuidad en sus acciones. Un personaje escapa exitosamente de sus perseguidores y a la siguiente escena es su prisionero. Otro personaje muere hasta que reaparece sin ninguna explicación. De repente secuestran la esposa de un personaje cuyo matrimonio jamás se estableció y por lo tanto no importa.

En una película que mezcla ciencia ficción y mitología hay todo el espacio del mundo para torcer las reglas de juego. El problema es que esas reglas nunca se establecen. No sabemos nada de la sociedad que enmarca el relato, ni de lo que son capaces o no los engendros genéticos, y ni hablar de la niñita que narra el comienzo y el final de la película. ¿Dónde estuvo el resto de la cinta? ¿Quién era, qué quería y qué logró?

El bajo presupuesto de la película es palpable en cada fotograma de la cinta, pero al menos hay cierta unidad estética en su presentación de un dilapidado mundo nocturno con una impronta ochentosa y un resabio punk. Lo que lo mata, si pueden creerlo, es la banda sonora. La película ha sido sonorizada casi en su totalidad con unos jadeos y resuellos molestos, usualmente provenientes de Chockler, que parece haber corrido una maratón antes de empezar cada escena. Lo raro es que si miran bien sus labios ni siquiera parece que vienen de él. Se han doblado y mal. Ídem con los rugidos que permean todas las escenas en las que alguien no está jadeando. Guillermo Pfening probablemente tiene más rugidos que líneas de diálogo, y no hay uno solo convincente.

El actor que mejor sale parado de la película es Luis Ziembrowski, que hace del amargo confidente de Chockler. Celeste Cid no está nada mal tampoco, aún si lo único que le toca hacer es verse sexy y vulnerable. No hay nada realmente debajo. Igual que La parte ausente. Mucho estilo y movimiento en la superficie, pocas señales de vida inteligente en el fondo.

5.0

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