Benjamín Harguindey
30/10/2014 11:38

No muchas son las películas que se ruedan en circunstancias tan extraordinarias como las de Boyhood (2014), pocas son las que logran tanto capturar el Zeitgeist de una época así como trascenderlo, y todavía menos aquellas las que nos conmueven de formas que jamás nos habían conmovido. Boyhood habla del presente, que en realidad es hablar del tiempo, ya que el presente es un momento que se encuentra en el acto de perderse en el tiempo.

Boyhood

(2014)

La película se ha “hecho al andar”, como dijo el poeta, a lo largo de un período de 12 años. Escrita y dirigida por Richard Linklater entre mayo del 2002 y octubre del 2013, Boyhood sigue el crecimiento y la maduración de un niño llamado Mason (interpretado por Ellar Coltrane desde los 6 hasta los 18 años) y, entre candilejas, su hermana mayor Samantha (Lorelei Linklater, hija de Richard). Sus padres, divorciados, son interpretados por Ethan Hawke y Patricia Arquette.

La película es un recorrido acertadísimo por la cultura popular de la generación “milenial”. En un principio existe Dragon Ball y Britney Spears y papá y mamá peleando en el jardín de casa. Hay una mudanza, la primera de muchas, y un padrastro, el primero de demasiados. Suenan Blink 182, Coldplay, Sheryl Crow. Papá se asegura que sus hijos entiendan qué significa 9/11. Mason aprende a jugar bolos, a pesar de que nunca va a volver a jugar bolos, y aprende a jugar golf, a pesar de que nunca va a volver a jugar golf. Un año se ve resumido exclusivamente por el lanzamiento del nuevo libro de Harry Potter. Ahora mamá y su nuevo marido pelean, y el mundo se reduce a una tensa cena. Y así.

Boyhood es un formidable time-lapse de una vida humana, concentrado en la porción seminal que es la juventud. Pero la vida de Mason no se presenta como una narración dickensiana dividida en capítulos con principios, mitades y finales. Ni son sus acciones guiadas por causas y consecuencias, ni se llama la atención a un período de vida en particular por sobre otro. Se trata simplemente de momentos – únicos, irrepetibles – que se apoderan de su vida, y cada uno se siente el más auténtico e importante mientras dura. A simple vista parece que la película promueve ese sencillo aforismo llamado carpe diem, cuando en realidad Boyhood enseña exactamente lo contrario: el día es el que nos aprovecha a nosotros, y no al revés.

El árbol de la vida (The Tree of Life, 2012) parece un buen punto de comparación, tratando también sobre la niñez perdida. Pero mientras que El árbol de la vida posee un espectro cósmico y su lirismo épico se funda en la nostalgia (y por ende el pasado), Boyhood se narra con simpleza documental e intenta anclarse en el presente, logrando capturar una sensación constante de pérdida e irreversibilidad. Imposible llevar la cuenta de la cantidad de veces que Mason y Samantha parecen haber crecido de repente, a pesar de que los llevamos mirando fijamente un largo rato.

A pesar de ese resabio documental que permea la película, y el hecho de que ha sido reescrita prácticamente una vez al año durante doce años, Boyhood posee su eje dramático bien centrado y los personajes evolucionan con una consistencia asombrosa y hasta un poco perturbadora, desde profesionales como Hawke y Arquette a primerizos como Coltrane y Linklater que han crecido literalmente delante de la cámara. Richard Linklater es además un dialoguista re contra certificado desde Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) y sus secuelas, y los diálogos de Boyhood son igual de impecables.

Más allá de la alabanza y la censura (“operaciones sentimentales,” según Borges, “que nada tienen que ver con la crítica”) hay que mantener el ojo en la intención de la película y el éxito relativo a esa intención. Boyhood es una de esas raras películas experimentales que logran conseguir exactamente lo que estaban buscando a través de ese experimento.

10

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