Benjamín Harguindey
11/04/2013 21:59

Hasta el sol tiene manchas

(2012)

Hasta el sol tiene manchas (2012) comienza con un viejo noticiario en blanco y negro fechado Guatemala, 1951, que explica las diferencias entre Revolución y Golpe de Estado. Luego hace un salto temporal al 2011, en el que un grupete de cinco o seis amigos se junta a filmar la misma película que se está proyectando: una farsa de carácter documental. Vemos lo que filman, cómo se filman, y lo que filman de vuelta.

La farsa se divide en viñetas, con una enorme pizarra de fondo en el que se dibuja la escenografía, y los actores entrando y saliendo de cuadro a las órdenes – a menudo visibles – del director, Julio Hernández Cordón. Los actores (o modelos, en el sentido más neutro de la palabra) se calzan enormes caretas de políticos guatemaltecos y hacen burla, por ejemplo, de la demagogia del candidato Manuel Baldizón, o de la mano yanqui en la deposición del presidente Jacobo Árbenz Guzmán.

Algunas viñetas son un poco más bizarras y su conexión con el documental es más oscura. Los actores son baleados con pelotas de juguete frente a la pizarra. Dos amigos se sientan a ver una porno japonesa y uno de ellos improvisa el diálogo. Un peluquero da lecciones de historia y de política a sus clientes, y luego asesina con sus tijeras. Un gordo pasea en una patineta vestido con lencería femenina. Cualquier intento de interpretación será tan plausible como aleatoria.

Los actantes hacen morisquetas, se pasan la cámara, borran la pizarra y le ceden la palabra – o el dibujo – al que sigue, como si fuera todo parte de un gran juego cuyas reglas nunca terminan de asentarse. La película ha sido virada al amarillo, porque, como explica el director, “el sol sale para todos”. Cuando la imagen no se ve filtrada por el color, la cámara nos muestra al equipo de filmación comiendo, bailando y conduciendo pequeñas actividades que no agregan nada excepto confirmar el carácter lúdico de la cinta.

A lo largo de la película, las escenas son subtituladas con descripciones sobre lo que se ve en la pantalla, como si el comentario (silente) del director estuviera activado en un DVD. Los comentarios van desde la poesía (así recibe su título la película) hasta aclaraciones de por qué filma como filma, cómo se debe dirigir a un actor, y en general qué debería ser el cine según él. Dicen que un director nunca debería explicar su película. Julio Hernández Cordón lo hace en vivo y en directo.

El final de la película concilia, de alguna manera, su pretensión de denuncia social con la forma lúdica con la cual se formula. Es un garabato breve y desprolijo con algunos momentos honestos, algunos momentos gratuitos, y una gran imaginación por parte del equipo que la compuso de manera tan barata y creativa.

4.0

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