Lucia Roitbarg
25/03/2013 15:55

Juan Taratuto y Diego Peretti vuelven a trabajar juntos en esta nueva producción que, sorpresivamente, no es una comedia. En La reconstrucción (2013) el director parece dar un giro hacia un estilo diferente, más cercano al drama. Su alejamiento de las convenciones del género cómico es auspicioso, si bien todavía parece estar en la búsqueda de su propia voz narrativa en esta nueva faceta.

La reconstrucción

(2013)

Eduardo (Diego Peretti) es empleado de un yacimiento petrolífero en el sur de Argentina. Las primeras imágenes lo describen como un ser solitario, apático, antisocial. Desganadamente accede a viajar a Ushuaia por pedido de su amigo Mario (Alfredo Casero), si bien no sabe muy bien para qué. Sin esperarlo, su estadía allí lo enfrenta a su propio pasado y se cruza en su camino una posibilidad de redención.

Es imposible ver las imágenes de un hombre solo viajando por las rutas del sur argentino sin recordar las personales películas de Carlos Sorín. En cierta forma, Taraturo parece estar dialogando con sus films y sus acotados relatos. Más allá de estas comparaciones, el director busca su propio camino, en el que la confianza en su versátil actor resulta aquí imprescindible.

La película de este realizador sorprende, en el sentido que los ritmos que maneja en sus comedias aquí no le sirven, como tampoco los planos o los diálogos. Dejar de lado los tiempos y los códigos de aquel género le otorga otra libertad, sin tener que hacer responder cada plano a las funciones meramente narrativas y buscando lo dramático a partir de la crisis existencial del personaje. Quizás sí se detiene por demás en esta descripción y, para alejarse de lo conocido, por momentos se regodea en una estética visual y rítmica que no deja de transmitir lo mismo una y otra vez.

De entrada se entiende que no hay una necesidad inmediata por crear expectativa en el espectador, o de explicar por demás. Hay escenas en las que apenas se dialoga, y momentos de silencio y soledad del personaje se vuelven una constante. Es por eso que se percibe un cierto apuro por buscar un desenlace más esperanzador y para ello ciertas formas de actuar de Eduardo no se condicen con la forma de ser que tanto se esfuerza en construir la película. Como si después de tanta apatía social fuera necesario complacer al público con algunos detalles más simpáticos.

No conviene aquí seguir revelando detalles de la trama porque sería arruinar el giro narrativo central de la película. Sí se puede decir que el film habla de las ausencias, de la soledad, del miedo; situaciones y sentimientos inherentes a todo ser humano, aunque a veces padecidos muy dolorosamente por algunos. Y de la forma de transitar el dolor y la angustia se encarga este film.

Por otro lado, con lo que se fue diciendo queda más que claro que el espectador se encontrará con un film diferente a todos los de este director y que por eso las expectativas deben ser otras. Aún así, es bueno tenerlas y dejarse sorprender.

6.0

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