Lucia Roitbarg
12/01/2013 20:51

El segundo documental de José Luis García, La chica del sur (2012), recupera como lo hizo en el 2006 con Cándido López (Cándido López: Los campos de batalla), a dos “personajes escondidos en la Historia” según palabras del propio director. En esta oportunidad se ocupa de una joven pacifista coreana que en el año 1989 cruzó la frontera desde Corea del Sur a Corea del Norte para comenzar una acción a favor de la reunificación del país.

La chica del sur

(2012)

Como si de una fuerza poderosa se tratase, el director y también en parte protagonista del film, se fascina con la figura de esta mujer. Es así que una vez presentada como ícono de una protesta política a través de imágenes documentales grabadas en VHS por él mismo, García viaja a Corea veinte años después para poder conocerla personalmente y registrar ese encuentro. Es aquí que el film comienza a adquirir insospechados momentos, porque la relación con esta endiosada dama no resulta a la altura de las expectativas. De hecho, muchos de estos encuentros  transcurren con tropiezos, con climas por momentos tensos, donde el rechazo y hasta el hartazgo de ella de ser (per) seguida por las cámaras determinan el rumbo de la “historia”.

Una nota sobre este film apenas puede acercarse a él, porque el material que registra García no sólo nos permite conocer a un personaje ciertamente notable y mostrar un momento histórico particular desde la historia de esta mujer, La chica del sur también es un documental sobre su propia realización. El recurso de narrar el film en primera persona propone al espectador una cercanía que va in crescendo pero también nos ayuda a seguir de cerca su recorrido y articular significar las imágenes (si bien muchas hablan por sí solas).

El documental de García tiene escenas casuales, impredecibles. El acontecer de su realización es lo que marca el camino a seguir desarticulando cualquier posible predicción. El resultado de esto es el de despertar emociones distintas en el espectador: por algunos momentos de empatía hacia el director, por otros de bronca hacia ella. Pero aunque se puede pensar en un montaje con intenciones dramáticas, está clarísimo que la manipulación aquí es escasa y que hay más transparencia que la que el director quizás hubiese deseado. O tal vez sea también esta otra forma de manipular, nunca se sabe.

Documentales como este renuevan y cuestionan el género. Permiten al espectador preguntarse sobre los límites o los poderes que tiene una cámara, y hasta dónde se puede continuar filmando sin repercutir en la persona o bien en el objeto a documentar.

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