Benjamín Harguindey
24/11/2012 02:32

Calles de la memoria (2012), el nuevo documental de Carmen Guarini, registra un fenómeno poco observado por el cine comprometido con la memoria de aquellos desaparecidos durante el último gobierno militar: las baldosas que les conmemoran con nombres, fechas, cargos y saludos; en fin, con identidades. La película va más allá de los lugares comunes y sus predecibles juicios morales al poner en reflexión la memoria y su representación.

Calles de la memoria

(2012)

La película nace como un proyecto de investigación coordinado entre alumnos de un taller documental. Algunos de ellos están comprometidos con la causa, otros dicen con total honestidad que están hartos del tema, otros son extranjeros con poca idea del tema. “Ya viví esto en Chile,” dice una de las alumnas, apática. “Tienen mi colaboración pero no mi interés”.

Lo que sigue es la crónica callejera de encuentros y entrevistas con los vecinos de las víctimas del terrorismo de Estado. Miran a cámara y opinan apasionadamente. Algunos husmean y se alejan con desprecio. Cada tanto los alumnos regresan al taller, a discutir cómo abordar la temática y cómo representar debidamente la memoria de los desaparecidos. Calles de la memoria posee una valiosa cualidad metafísica, a través de la cual vemos el texto de la película ir hilvanándose a medida que se la construye polémicamente.

Los alumnos parten de una premisa sencilla –“las baldosas honran la memoria de los desaparecidos” – y proceden a reunir todo tipo de testimonios a favor y en contra de esta premisa, logrando así un documento diverso y auténtico que no cae en alegatos fáciles. La creación de las baldosas, por ejemplo, se muestra como un acto que puede ser tan noble como el la conmemoración de un héroe caído y tan mezquino como una reunión burocrática. Los comités integran a las escuelas, hacen pequeñas ceremonias, intercambian llamadas telefónicas enojadas con vecinos.

Los documentalistas arman la película al ritmo de su proyección, cuestionando decisiones políticas y estéticas. Guarini no teme polarizar el tema e invita cuanto punto de vista encuentra con tal de enriquecerle y sostener el interés del espectador.

6.0

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