Lucia Roitbarg
12/11/2012 14:47

En Días de pesca (2012), Carlos Sorín retoma el tópico del viaje, y sí, nuevamente hacia el Sur. Su forma de narrar y presentarnos a su solitario personaje es inconclusa, en algunas partes con mayor intención que en otras. Así, el drama se va construyendo con sutilidad, casi imperceptible; al ritmo del propio protagonista.

Días de pesca

(2012)

Marcos (Alejandro Awada) tiene cincuenta y dos años. Es muy poco lo que sabemos de él al comenzar la película. Solamente que decidió irse unos días a pescar tiburones a Puerto Deseado y hacerle una visita a su hija Ana (Victoria Almeida). Las charlas circunstanciales que tiene Marcos con gente del lugar irán revelando su carácter tranquilo, amable, receptivo, y también su condición de ex alcohólico.  El anhelado encuentro con su hija no se desarrollará de forma tan fluida como él esperaba, y lo que asciende a la superficie es un pasado con el que Marcos no pareciera querer lidiar.

¿Qué aires se respiran en las películas de Carlos Sorín que el mundo de sus protagonistas se nos hace tan cercano? Ni siquiera hace falta que digan alguna palabra, basta con una mirada, un gesto, allí residen los sentidos más claros para el director. Días de pesca, como lo era Historias mínimas (2002) o El perro (2004) es un film de recorridos, de viajes, claramente, pero viajes que alimentan el alma del protagonista y del público. Porque son viajes al interior (y no sólo del país), en donde cada paraje, cada persona, cada paisaje de esos lugares se posan en la pantalla para completar lo que no vemos, pero sí intuimos.

El relato es mínimo, casi inexistente, no así el que le toca construir al espectador. A partir de las imágenes brindadas, de los sonidos y la elocuente música podrá aparecer la historia que habla de un hombre en crisis a los cincuenta años, o la historia de un desencuentro familiar o tal vez las aventuras y sueños que un viaje despierta en la mente. Con todos estos posibles mundos Sorín sostiene su breve relato, y por eso cada espectador puede conectarse, porque no hay uno sólo o, mejor dicho, hace falta que haya más de uno para que la película funcione. Y por eso lo hace.

En algunos film no es necesario explicarse nada al llegar el final, sino dejar que lo que empezó termine de decantar en nuestros pensamientos o sentimientos. O simplemente hay que irse, o viajar, con alguna de todas las imágenes que nos lo propusieron.

8.0

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