Emiliano Basile
04/04/2012 13:37

Robert Redford apela a menudo en su filmografía a relatos con contenido patriótico, o que reivindican los valores fundadores de los norteamericanos. En El conspirador (The Conspirator, 2010) hace lo propio replegándose a los tiempos de la Guerra de Secesión. El resultado es un film de abogados absolutamente maniqueo.

El conspirador

(2010)

Frederick Aiken (James McAvoy) es un héroe de guerra condecorado por su exitosa participación en el ejército de la Unión. Cuando el presidente Abraham Lincoln es asesinado a sangre fría, se realizará un juicio ejemplar contra los sospechosos detenidos. Aiken deberá por encargo defender a una mujer involucrada casualmente en el asesinato. Contra todos sus ideales y conocidos, Aiken liderará la defensa de la mujer, poniendo al mismo tiempo en crisis sus creencias patrióticas.

Robert Redford hace un cine de buenos y malos. No hay ambigüedades en sus personajes. Así en el comienzo del film, vemos al coronel Frederick Aiken herido en batalla junto a un cabo, cediéndole la asistencia cuando llega enfermería. Sus ideales y compromiso con la patria son de una nobleza perfecta, casi irreal. Cuando accede a defender a Mary Surratt (Robin Wright) la focalización de la película está en el personaje de Aiken y percibimos la maldad en su contra: los miembros de la comisión que integran el jurado son crueles, impiadosos y desalmados para con él y la acusada.

El conspirador trata de buena fe plantear la falta de coherencia en los valores fundacionales de los americanos. Desde lo discursivo parecen fuertes e inviolables, pero en la práctica quienes ostentan el poder los ignoran a gusto y conveniencia. Un tema interesante si pensamos en el reciente asesinato del terrorista Osama Bin Laden, sin obtener un juicio justo según las leyes de los EE.UU. Había que encontrar un culpable para enmendar el dolor por el atentado a las Torres Gemelas, así como se necesitaba un culpable por el asesinato de Lincoln.

Pero el problema de la película de Redford es la manipulación innecesaria que utiliza para fomentar su mensaje. Sus personajes buenos son buenísimos, responden a los ideales americanos, y los malos malísimos, no tienen una pizca de bondad. En esta dualidad de caracteres, Redford saca una conclusión: no hay valores cuestionables, sino personas que eligieron mal el camino. Una visión ingenua como la de su protagonista.

Sobre el final, los reiterativos planos que nos ubican en el punto de vista de la víctima, martirizándonos para generar empatía con ella, son aberrantes a esta altura del siglo XXI con más de cien años de cine a cuesta. Redford lo sabe, e insiste en buscar el costado más vulnerable de un patriotismo en decadencia.

4.0

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