Ezequiel Obregón
08/11/2011 22:33

En Un amor (2011), la realizadora Paula Hernández cuenta la historia de un triángulo amoroso en dos tiempos: la adolescencia y la adultez. En su aparente sencillez, la película consigue momentos emotivos construidos a partir de un guión en el que el detallismo es central.

Un amor

(2011)

El primer amor ha sido tema de un sinfín de obras, al igual que el triángulo amoroso. La directora de Herencia (2002) y Lluvia (2008) trabaja ambas zonas a partir del retorno de Lisa (Elena Roger) a la vida de Bruno (Diego Peretti) y Lalo (Luis Ziembrowski), treinta años después de aquel tiempo que compartieron en Victoria, un pueblo de la provincia de Entre Ríos. Bruno se ha ido a la ciudad, donde se casó y tuvo hijos, mientras que Lalo se ha quedado, es soltero y tiene un hijo pequeño. Lisa es, tres décadas más tarde, una mujer “moderna”, cuya profesión la lleva de un lugar a otro y –por lo visto- la deja sin una pareja estable. 

Un amor deambula entre los ’70 y la actualidad sin que ninguno de los dos prevalezca. Si al principio resulta un tanto forzado ese ir y venir, finalmente el sutil guión que crearon la realizadora y Leonel D’Agostino a partir del cuento de Sergio Bizzio consigue hilvanar una red de sentidos que amplifica la comprensión sobre cada personaje. Lisa mostrará que detrás de su carácter avasallante (el de la adolescencia y el de la adultez) hay una sensibilidad a flor de piel, relacionada en una buena medida con las actividades de sus padres en los ’70. Por fortuna, la película aborda esta cuestión a partir de lo no dicho, a tono con el detallismo y la sugestión que el relato jamás quiebra.

El elenco adolescente (compuesto por Alan Daicz, Denise Groesman y Agustin Pardella) genera empatía desde el comienzo, trazando los espacios de subjetividad que definirán a la tríada en la adultez. De este modo, Bruno (Daicz) será al comienzo “el excluido”, el más tímido de los tres y –en consecuencia- aquel que verá el surgimiento del romance entre Lisa y Lalo (Pardella). En esta parte del relato Hernández trabaja sobre todo la sensorialidad de los espacios y los cuerpos. La cámara en mano, los planos detalle, suspiros, y  lo relacionado con la humedad (en el universo simbólico del film, lo inestable) construyen un entramado en donde lo sensitivo cobra gran preponderancia. Para la adultez, la palabra adquiere mayor protagonismo, al igual que el silencio.  Pero, ¿qué se puede decir treinta años después? Tal vez porque cada uno deberá narrar su historia, en el mundo adulto esa sensorialidad cede ante el diálogo, que en la voz de Roger, Peretti y Ziembrowski alcanza la credibilidad necesaria para aunar las dos partes del relato.

Con Un amor, Paula Hernández continúa con su interés por los vínculos amorosos. Ha tenido la habilidad de contar con un casting efectivo en el que sobresale Elena Roger. Tal vez, porque su debut en el cine implicaba la duda acerca de cómo una de las actrices más estimulantes de su generación podría “llenar” la pantalla grande. Pregunta inevitable para quienes vieron su enorme labor en Piaf. Aquí, lo ha conseguido con creces.

8.0

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