Ezequiel Obregón
17/07/2011 17:54

Luego de Un año sin amor (2005) Anahí Berneri presenta su segundo largometraje Encarnación (2007), la historia de una ex- vedette que a sus 50 años comienza a replantearse su vida y su carrera.

Encarnación

(2007)

Sólo en un momento de la película Ernie Levrier es llamada por su verdadero nombre. Para entonces, ya nos hemos familiarizado con su nombre artístico, su vida cotidiana, y la añoranza de aquel pasado en el que le iba mejor. Vedette y actriz de películas clase B en los ’80, Ernie pasa sus días entre esporádicos encuentros sexuales con un señor de mediana edad (de “su” edad), algún que otro amante joven, la esperanza de ser convocada para algún papel interesante, y la construcción de su página web. Es imposible no hacer una analogía con su intérprete, Silvia Pérez, una de las “chicas-Olmedo”, quien reúne varios puntos en común con Ernie. Sin embargo, esta similitud es sólo un punto de partida para ingresar en su mundo y entender las emociones que se suscitan en Ernie una vez que ingresa al “otro mundo” presente dentro del film.

El acceso a ese otro mundo llega con la invitación al cumpleaños de 15 de su sobrina, una chica bastante ingenua que admira la voluptuosidad y desenfado de su tía. En su pueblo natal no sólo la espera la fiesta, sino también algunas cuestiones familiares no resueltas en relación al campo familiar. Ese pasaje supone también el traspaso del ruido urbano a la tranquilidad campesina, que a Ernie no la perturba, pero la corre de su eje. No sólo porque la protagonista será su sobrina y no ella, sino porque su soledad queda más expuesta. Ese ritual cotidiano que durante la primera mitad del film es puesto en evidencia, se suspende en el “otro mundo” bajo chapuzones en la pileta del hotel, la esperanza de que el celular depare alguna buena noticia y la eterna presión de volver al hogar.

Anahí Berneri –también co-guionista- realiza una puesta intimista, que no es condescendiente con su protagonista a la hora de reflejar el paso del tiempo (llámese arrugas, estrías, etc). Tampoco es efectista: como Ernie, accedemos a su decadencia –artística, corporal- mediante su mirada sobre sí misma. Ya sea a través de su espejo, frente a una computadora mirando sus fotos, o pegando el cartel de una película que la tuvo como protagonista, es a través de su mirada desde donde Berneri elige mostrar su personaje.

Es interesante como el film articula el punto de vista de Ernie con la mirada de los otros. La desarticulación del “mundo-Ernie” comienza cuando llega al pueblo, e ingresa en su mayor crisis cuando cede ante los impulsos amorosos del mismo hombre del que se enamora su sobrina. Anahí Berneri –en un ejemplar uso del plano detalle- reproduce la trayectoria de los pies de ambas: la caminata sensual de Ernie se opone a los juveniles saltos de la sobrina. Ambas transitarán, luego, la provocación de distinto modo y, obviamente, con distintos resultados.

El medio tono que emplea Anahí Berneri es congruente con la cotidianidad de Ernie. Algún que otro apunte irónico enfatiza la personalidad del personaje, como cuando accede a grabar un patético comercial que banaliza su figura. Ese medio tono también está presente en el trabajo de Silvia Pérez, quien acorde a la propuesta integral del film entrega una actuación mesurada, contenida, en donde un llanto basta para reproducir todo un mundo interior.

8.0

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