Emiliano Basile
12/04/2011 16:36

La película Mensajero (2011) tranquilamente podría haber sido una exposición fotográfica porque su director, Martín Solá, toma de excusa una historia mínima –el trabajo en las salinas- para producir una estética del norte argentino mediante el uso del blanco y negro, la composición simétrica en cada plano y los contrastes entre luces y sombras.

Mensajero

(2011)

Rodrigo es el mensajero de un pequeño y humilde pueblo de La Puna. Entre los trabajos posibles en la comunidad, el más cotizado es el realizado en las salinas al que decide abocarse en un mesiánico viaje donde se funden los cuerpos humanos con el paisaje de montañas. 

A partir de una serie de planos en su mayoría fijos, Mensajero logra captar la grandilocuencia del escenario natural y lo funde con el rústico trabajo humano. La naturaleza se impone planteando un tiempo y espacio específico dentro del cual el hombre deberá subsistir. Así, las nubes invaden el cuadro hasta provocar un fundido en blanco que marca el tiempo del relato y da paso a otro espacio. 

Martín Solá, realiza una construcción plástica de la imagen, proponiendo cuadros estéticamente bellos del norte argentino. El trabajo de composición promueve un estado onírico del tiempo y espacio, desde una simetría en el cuadro inquirida por la posición de cámara mientras que el contraluz entre luces y sombras, marca el viaje del protagonista que comienza en la oscuridad de su vivienda para salir al luminoso mundo de las salinas. 

Mensajero dimensiona aquello que cuenta, como si la historia se viera distorsionada y perdida en ese alucinante espacio natural. Martín Solá, capta su perfección en la elaboración detallista de una estética adecuada a las circunstancias.

8.0

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