Ezequiel Obregón
01/03/2011 22:05

La ópera prima del reconocido montajista Nicolás Goldbart genera un microclima de suspenso y comicidad que va a tono con su premisa argumental: una pandemia que afecta al mundo, percibida a través de la vivencia de los vecinos de un edificio porteño. Yayo y Federico Luppi: sobresalientes.

Fase 7

(2010)

Coco (Daniel Hendler) y Pipi (Jazmín Stuart) son un joven matrimonio que espera a su primer hijo. Como lo explicita la secuencia inicial en un hipermercado, están bastante abstraídos de una psicosis colectiva tras la irrupción de una pandemia. Mal que les pese, tendrán que arreglárselas con la imposición de una cuarentena en el edificio en el que viven. Frente a este clima opresivo, las transformaciones no tardarán en aparecer. Sobre todo en él: su moral mutará a medida que la desesperación de sus vecinos se haga cada vez más evidente. Cualquier parecido con la gripe A no es pura coincidencia.

A tono con manifestaciones culturales como la serie Lost y el film The host (Bong Joon-ho, 2006), Fase 7 (2010) ofrece una mirada perturbadora sobre la búsqueda de la supervivencia y el repudio a la mirada del otro, convirtiéndose en una alegoría de la vida comunitaria en los tiempos que vivimos. Pero además de eso, y por sobre todo, es una divertida comedia con toques del cine de Joe Dante, John Carpenter, y Roger Corman.

La producción del film es reducida pero consistente, con pocos recursos Goldbart ha conseguido generar una sensación de desesperanza sin ir en detrimento del humor. Mientras que la pareja protagónica está cimentada por un toque absurdo (que Hendler, rostro visible del denominado “Nuevo Cine Argentino”, ya exploró), Yayo expresa todo su “histrionismo criollo” con eficacia y Federico Luppi compone con una negrura implacable a un vecino al que hay que temer. En Fase 7 conviven el humor y el suspenso a la manera de La comunidad (Alex de la Iglesia, 2000): en un espacio cerrado y con un héroe que ve cómo el caos puede destruir su mundo privado. Es un ejercicio de género bien resuelto, tanto en la convivencia de diversos registros actorales hasta en la cuidada dirección de arte se mantiene una coherencia estética.

Otro aporte fundamental es la música de Guillermo Guareschi, que retoma mucho de la altisonancia de las partituras del cine de ciencia ficción americano. Sin ser un gesto paródico, produce una sensación de extrañamiento instaurado por la mixtura del orden de lo vernáculo con formas narrativas que el cine de Hollywood explora casi desde su existencia. La universalidad de Fase 7 está, como dijimos, en sintonía con su “desesperanza globalizada”, la mirada sobre una otredad (un virus, los propios vecinos) que pone en jaque todo orden establecido. Una muy buena carta de presentación de su director, al que de ahora en más habrá que prestarle atención.

8.0

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